Domingo 8 DE Diciembre DE 2019
Opinión

Lugares vivos y lugares muertos

La perfección es enemiga de lo bueno, dicen algunos justificando lo mediocre. Yo supongo que más bien es al revés, lo bueno es enemigo de lo perfecto.

Fecha de publicación: 22-07-19
Por: Luis Fernando Cáceres

 

Sobre la carretera B178, justo antes del túnel Loefer en Alta-Austria, se encuentra la salida hacia Zell am See. Si toma esta ruta, y pasa Maishofen, llegará a la zona alpina de Kitzbhühl y ahí, en la región de Pinzgau, encontrará un pequeño pueblito de prodigiosas características: Saalbach.

Ahí en Saalbach, en el 218 de la calle Oberdorf, quedó ubicado alguna vez el Ingonda. Este hotel fue sin duda un baluarte de lo que alguna vez fueron los grandes hoteles europeos. Su tamaño, de suficiente capacidad para poder ofrecer todas las amenidades necesarias para cautivar a sus visitantes, pero adecuadamente pequeño para que todo personal pudiera asistir apropiadamente a cada huésped lograba que la mayoría de las personas se convirtieran en clientes habituales. El Ingonda era realmente un lugar mágico gracias a su arquitectura milenaria –tan propia de la región donde estaba ubicado– su brío alpino, su fantástico restaurante y su insuperable bar, que alguna vez fue atendido por Werner Radil, quien entendía mejor que nadie que su trabajo era en partes iguales técnico como social. Nadie nunca supo construir una mejor atmósfera en un ambiente con un público tan variado.

Me acabo de enterar, sin embargo, que el Ingonda ha cerrado permanentemente. Qué razón tenía Arturo Pérez-Reverte cuando decía que hay hoteles vivos y también los hay muertos. Existen hoteles que cuentan con personalidad y mística como el Standard, en Nueva York; el Boxer, en Boston; o el Landsby, en California y luego están todos los otros, los que rotan de personal como si fueran restaurantes de comida rápida y no tienen sentido de servicio.

Al Ingonda se le veía venir ya desde hace años un futuro precario, el matrimonio que había sostenido el negocio familiar con gran gallardía y éxito no contaba con hijos que quisieran seguir el camino de sus antecesores. Supongo que el auge de los hoteles de caja, esos espacios vacíos de cadena que harían a Cesar Ritz devolver la comida inmediatamente, son tan prominentes hoy porque la clientela – ya no se les puede llamar huéspedes– no exigen ya otra cosa que elementalidad y compadreo rebajado. Y, otra vez, es como dice Tyler Brule: “es difícil llevar la pérdida del espíritu de aquellos lugares tan queridos, así como los hombres y mujeres que los hicieron posibles”.

Los negocios que maravillan lo hacen así porque el personal subalterno, invariablemente, generan una atmósfera prodigiosa que uno nunca quiere dejar. Es ahí donde la promesa de una marca se vuelve realidad, ahí en el trabajo esmerado de todas las personas que componen el negocio. Eso es lo que hace admirables los lugares que se vuelven entrañables, ese esmero y esa dedicación por toda persona sin importar la ubicación jerárquica. Eso es lo que hace que uno prefiera un producto o una marca.

Supongo que, como en todo, tenemos los hoteles, los restaurantes y las tiendas que merecemos. La gente cada vez se conforma con menos. Supongo, además, que lo que me queda es apurarme para lograr mostrarle a mi hijo porque el Colón en Sevilla o el Palace de Madrid son baluartes de la vieja Europa y porque el conformarse con un pobre desempeño, ya sea propio o ajeno, nunca lleva a nada bueno.

La perfección es enemiga de lo bueno, dicen algunos justificando lo mediocre. Yo supongo que más bien es al revés, lo bueno es enemigo de lo perfecto.