Jueves 12 DE Diciembre DE 2019
Opinión

La democracia ¿sin adjetivos?

Para evitar los graves daños que ya se avizoran en el horizonte, debemos recobrar la capacidad ciudadana de deliberar.

Fecha de publicación: 20-07-19
Por: Roberto Blum

 

En 1984 el intelectual mexicano Enrique Krauze publicó un ensayo que tituló Por una democracia sin adjetivos, en el que hacía un extenso diagnóstico de la grave situación por la que transitaba México en ese momento y refería que, ya en 1908, Francisco I. Madero, el iniciador del movimiento revolucionario, “señalaba las llagas que no impidieron, dos años más tarde, el estallido revolucionario: la corrupción de ánimo, el desinterés por la vida pública, un desdén por la ley y una tendencia al disimulo, al cinismo, al miedo”, llagas que seguían abiertas en el México de los años ochenta y que hoy afectan a numerosos países. Cuando se publicó el ensayo de Krauze, México transitaba en medio de la crisis política y económica que marcó el fin de la etapa de los gobiernos de la Revolución. El presidente José López Portillo (1976-82) reconoció que él había sido el último gobernante de esa tercera transformación en la historia del país. El diagnóstico de la crisis, según muchos intelectuales, se centraba en la falta de una verdadera democracia: una democracia sin adjetivos, ya que, durante al menos tres generaciones, los mexicanos fueron educados en el concepto de que la “democracia no es solamente una estructura jurídica y un régimen político, sino un sistema de vida, fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”, tal como la definía la Constitución federal, y no la democracia simplemente como el sufragio efectivo de los ciudadanos para elegir periódicamente a sus gobernantes, como lo había proclamado Madero en 1910. Pero ¿en realidad puede existir una democracia sin adjetivos? Parecería que el simple sufragio ciudadano no es suficiente para definir un gobierno democrático. Sin duda, las elecciones en la democracia son el procedimiento básico para determinar la dirección política del gobierno de una sociedad, tanto como las políticas que se habrán de aplicar para conseguir los resultados deseados por la mayoría de los ciudadanos. Para que las decisiones políticas individuales de los ciudadanos sufragantes sean racionales y razonables, es necesario que exista un proceso social continuo de deliberación: es decir de intercambio abierto y generoso de ideas y propuestas prácticas. Es, pues, necesario hablar de que la verdadera democracia debe ser deliberativa. Aún más: en las sociedades y comunidades actuales, conformadas por miles o por millones de ciudadanos, parece evidente que es necesario elegir representantes que transmitan al gobierno las demandas agregadas de las poblaciones, así como que esos representantes ciudadanos sean capaces de ejercer una constante y efectiva vigilancia sobre los encargados del gobierno. Por consiguiente, a la democracia formal, puramente electoral, se le deben agregar los adjetivos “deliberativa y representativa”, para no reducirla a un simple ejercicio formal electoral de individuos, que regularmente acuden a las urnas a emitir un voto, en el mejor caso movidos y manipulados por la propaganda de las facciones organizadas en torno a sus particulares intereses, los partidos políticos tradicionales, y, en el peor de los casos, por verdaderos y peligrosos demagogos, apoyados económicamente por grupúsculos que perciben el gobierno de la sociedad como un jugoso negocio particular. Paradójicamente, en las condiciones tecnológicas actuales, los ciudadanos disponemos de más datos sobre el mundo que nos rodea; sin embargo, parecemos cada vez menos dispuestos a deliberar genuinamente para convertir los datos duros en verdadera información, que nos permita decidir, racional y razonablemente, la dirección y las medidas políticas adecuadas para lograr un desarrollo integral y sostenible de nuestras sociedades. Para evitar los graves daños que ya se avizoran en el horizonte, debemos recobrar la capacidad ciudadana de deliberar.