Lunes 18 DE Noviembre DE 2019
Opinión

Atitlán

Permanecer largas horas observando la transformación.

Fecha de publicación: 11-07-19
Por: Méndez Vides

 

El lago de Atitlán asombra, impresiona y cautiva por el efecto de la luz en los volcanes, que permite apreciar una gradual transformación a lo largo de un día común despejado, lo que Humberto Garavito captó en sus pinturas. El sol de la mañana revela grietas o zanjones del lado izquierdo, y en el crepúsculo se muestran las cicatrices en el lado derecho del volcán Tolimán, desde la perspectiva de Panajachel. Nuestro paisajista logró pintar en una ocasión feliz la suma de los efectos, mostrando un volcán marcado por llagas en todo el cuerpo, como arrugas. Así como en otras ocasiones captó la impresión de las horas diversas, y desde diferentes puntos de observación. Para nosotros, mundanos, lo atractivo es permanecer largas horas observando la transformación, con nubes o despejado, con lluvia, o en la tarde, cuando se agita el xocomil, y todo se revuelve, y mueve el agua, y el cielo se convierte en el techo de una caverna misteriosa, en Xibalbá.

El placer de contemplar los volcanes, montañas y el espejo del lago, se nos ha vuelto a facilitar con el libramiento de Chimaltenango, porque en los últimos años teníamos que pensar más de dos veces la decisión de realizar el tortuoso recorrido, por la larga espera, colas y molestias, pero ahora es fácil, y se puede llegar rápido a nuestro destino para disfrutar de la experiencia.

Lo que ahora asombra y aterroriza es el desborde de construcción de edificios y comercios a orillas de la carretera, lo que ya limita la ampliación futura. Asunto que hubiera podido evitarse marcando previamente el trazo de la vía, para prohibir la construcción en la sección vetada. De antiguo camino delicioso en medio de la naturaleza, ahora tenemos una ruta comercial estrecha, con edificios que retan a la física, construidos sobre voladizos sin soporte, poniendo en tensión escuadras de concreto y hierro calculadas al ojo, que no resistirán. Como tenemos mala memoria, olvidamos la amenaza de los terremotos. El paso por Sololá asusta, porque la cabecera se ha poblado rápidamente, y las calles diminutas tienen edificios a los lados, y para ganar espacio a la tierra, se expanden en el aire, ampliando pisos sobre las cornisas salientes para proteger a los transeúntes de la lluvia o sol, en un reto que debe generar admiración a los arquitectos y pánico a los ingenieros de estructuras, porque se respira el peligro de un desastre.

El lago de Atitlán es una verdadera joya, pero está quedando atrapada entre poblaciones densamente concentradas.