Domingo 25 DE Agosto DE 2019
Opinión

Tribunal Supremo Electoral

La motivación y el espíritu de servicio eran muy altos.

Fecha de publicación: 24-06-19
Por: MARIO FUENTES DESTARAC

 

El 23 de marzo de 1983, hace 36 años, en el marco de la apertura política que concretó el gobierno de facto (1982-6), se emitió el Decreto Ley 30-83 (Ley Orgánica del Tribunal Supremo Electoral), por medio del cual se creó el Tribunal Supremo Electoral (TSE), con funciones autónomas, jurisdicción nacional y no sujeción a órgano o autoridad estatal alguna.

Se determinó que el TSE se integrara con cinco magistrados propietarios y cinco suplentes electos por la Corte Suprema de Justicia (CSJ) de un nómina de 20 candidatos elaborada por una Comisión de Postulación integrada por el Rector de la Usac, un representante designado por la Asamblea de Presidentes de los Colegios Profesionales y los decanos de Ciencias Políticas.

El 30 de junio de 1983, en un acto solemne celebrado en la Sala de Vistas de la CSJ, se instaló el TSE. La primera magistratura del TSE quedó integrada por los distinguidos juristas Arturo Herbruger, René Búcaro, Gonzalo Menéndez, Justo Morales y Manuel Ruano, quienes fueron juramentados por el entonces presidente de la CSJ, Ricardo Sagastume Vidaurre. A mí, como secretario de la CSJ, me correspondió dar lectura a las disposiciones legales y administrativas relacionadas con la creación, funciones, integración e instalación del TSE. Don Arturo Herbruger fue designado como presidente del TSE, cargo que ocupó hasta el 6 de junio de 1993, fecha en que fue electo vicepresidente por el Congreso.

El TSE vino a sustituir al Registro Electoral y al Consejo Electoral, que, conforme la Constitución de 1965, tenían a su cargo la función político electoral, y bajo cuya conducción se consumaron los fraudes electorales perpetrados con motivo de las elecciones celebradas en 1974, 1978 y 1982, los cuales socavaron la credibilidad en dichas dependencias.

Los primeros desafíos del TSE fueron la organización de las elecciones de diputados a la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), celebradas en 1984, así como de las elecciones generales y de segunda vuelta celebradas en 1985. Los resultados de dichos procesos electorales fueron incuestionables y respetados.

Sin embargo, la ANC no otorgó rango constitucional al TSE, ya que su regulación básica no fue incorporada en la Constitución de 1985, quedando la misma establecida únicamente en la Ley Electoral y de Partidos Políticos (LEPP), cuya normativa puede ser reformada por el Congreso, sin necesidad de consulta popular que ratifique la enmienda, lo que habilita el manoseo politiquero del TSE.

La LEPP dispone que los magistrados del TSE deben ser elegidos por el Congreso (y no por la CSJ), extremo que abrió la puerta a la politización de la autoridad electoral y al menoscabo de su independencia e imparcialidad. En todo caso, la manifestación más elocuente de la progresiva manipulación política de la integración del TSE fue el aumento del número de candidatos a magistrados del TSE, que debe proponer la Comisión de Postulación, primero de 20 a 30 y después a 40, lo que, además de menoscabar la meritocracia, dio pie a que existan más posibilidades de que se cuelen aspirantes asequibles.

Don Arturo Herbruger imprimió su sello de respetabilidad, integridad, austeridad, optimización de recursos y rendición de cuentas a la magistratura del TSE. Los servidores públicos del TSE fueron escogidos con base en el mérito y, asimismo, la motivación y el espíritu de servicio eran muy altos.

Sin duda, la pérdida de aquella mística y compromiso de la magistratura del TSE ha sido paulatina, hasta llegar a la situación actual caracterizada por la mediocridad, el desorden, el despilfarro, la arbitrariedad y la corrupción, cuyo epílogo es una lamentable defraudación de la confianza ciudadana y la erosión de credibilidad en la institución electoral, que, en su día, fue la joya de la corona de la apertura política concebida en el primer lustro de la década de los ochenta. ¿Qué diría Don Arturo Herbruger?, quien, por cierto, fue un digno funcionario que desafió con carácter el “Arbenzazo” (1953) y el “Serranazo” (1993).