Miércoles 18 DE Septiembre DE 2019
Opinión

“Los malos son los menos”, doctor Giammattei, pero son los que hacen más ruido

Una historia recurrente en cualquier sociedad civilizada.

Fecha de publicación: 13-06-19
Por: Armando de la Torre

 

 

Porque los “buenos” siempre están demasiado absortos en el trabajo cotidiano que implica cuidar y orientar a su prole y por las demás obligaciones para ganarse el pan de cada día.

 

Pero a los “malos”, en cambio, todo su tiempo les resulta ocioso excepto para murmurar, sobornar, mentir, y hasta para asesinar, y creerse al mismo tiempo alguien que, por supuesto, como los demás dignos de guiar a los más
desorientados.

 

Esto es tan viejo que ya el profeta Miqueas, hace casi tres mil años, proclamó a voz en cuello: “¡Ay de los que en sus camas piensan iniquidad y maquinan el mal, y cuando llega la mañana lo ejecutan, porque tienen en su mano el poder!” (Miqueas 2,1).

 

Por lo tanto, para los “malos” todo tiempo les resulta disponible para calumniar, engañar y amedrentar mientras holgazanean tras bastidores.

 

Y así todos legalmente andamos confundidos…

 

Para el “bueno”, en cambio, el tiempo apenas le alcanza para cumplir, trabajar, crear y todavía ahorrar.

 

Todo esto puede sonar a prédica simplista, pero estamos en vísperas de elecciones generales y bien vale la pena recordar que: “…los rectos habitarán la tierra,

 

Y los perfectos permanecerán en ella, pero los impíos serán cortados de la tierra, Y los prevaricadores serán de ella desarraigados…” (Proverbios 2:21-22). Verdades, según los superfluos, que solo los tontos recuerdan y las mentes privilegiadas olvidan.

 

Y así, enmudecidos por pura tecnología mediática, los “malos” ahora se hacen oír en nuestro nombre, los hipotéticamente “buenos”.

 

Las elecciones ya a nuestras puertas son el mejor indicio de todo ello: la multiplicación deliberada de maniobras políticas mendaces que, por una supuesta ley constitucional, nos sentimos obligados a aceptar. En otros tiempos más sinceros, a todo el actual proceso se le hubiese etiquetado como “la dictadura de los jueces”.

 

Y así, hoy más que nunca, somos vapuleados por decisiones unas veces ilegales, otras veces simplemente estúpidas, por parte de “magistrados” que nos recomiendan aceptar propaganda suya casi siempre barata; y que nos manipulan a base de normas, leyes y resoluciones judiciales sin sentido lógico alguno y hasta contradictorias entre sí. Y todo para satisfacción del puñado de hipócritas que tienen hoy a su cargo el Tribunal Supremo Electoral, el Registro de Ciudadanos y, lo peor de todo, la Corte de Constitucionalidad.

 

Y de esa manera, nos han vuelto a comprar mentalmente a base de resoluciones falaces y perversamente maquinadas, para favorecer a una candidata a la presidencia de la República que esperan les resulte en extremo oportuna para salir al modo que le es habitual al parásito, esto es, haciendo a otros más pobres. También a eso se reduce la tan comentada
judicialización del proceso electoral.

 

Y, encima, todavía se atreven a mentirnos de que esas son las únicas vías legales para conocer la voluntad de los votantes.

 

¡Vaya “democracia”!

 

Y por todo ello regresan a mi memoria aquellos sentidos versos de Francisco de Quevedo:

 

«No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo.

 

¿No ha de haber un espíritu valiente?

 

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

 

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?…»

 

Porque los sedicentes árbitros de nuestra vida pública no se comportan como tales. Ni los magistrados de las salas superiores muchas veces tampoco, y todos enmudecidos al mejor estilo de los que nacen, como lo afirmó Aristóteles, para ser esclavos.

 

Y de tal manera, ninguno de ellos logra devenir en las autoridades morales que vanidosamente imaginan ser por el simple hecho que les dieran un cartón universitario que así lo estipula.

 

Encima de habernos hallado todos amordazados a lo largo de las escasas semanas que nos “concedieron” para deliberar, y sobre el supuesto de nuestro habitual analfabetismo ético, se han dedicado sistemáticamente a eliminar arbitraria e ilegalmente a promesas demasiadas atrayentes según ellos como Zury Ríos Sosa y a favorecer viejas herramientas de un pasado corrupto como Sandra Torres.

 

Un carnaval al fin, al margen de todo calendario religioso, pues la cuaresma, por si no lo saben, ya terminó. Ahora el Poder Judicial de Guatemala nos obsequia los Carnavales para tontos útiles.

 

Y después nos preguntamos por qué estamos sin voz efectiva alguna.

 

Condenados todos a enmudecer, dado esa cobardía anónima que se nos cuela desde muy adentro de la corriente del positivismo jurídico.

 

Y en consecuencia de todo ello, tan solo cuatro magistrados de la Corte de Constitucionalidad, a saber Gloria Porras, Bonerge Mejía, Francisco de Mata Vela y José Mynor Par, han bastado para imponernos este descabellado proceso electoral a los veinte millones de guatemaltecos restantes.

 

De esa manera nos suena hoy la auténtica “dictadura de los jueces”, a los que habría de añadírseles sus demás cómplices en otras Cortes: la Suprema de Justicia, el Tribunal Supremo Electoral y hasta el Registrador de Ciudadanos. El fino tapete político que nos tejió para todos la ineptitud inmoral que nos heredó Todd Robinson y su cuadrilla de la CICIG, así como otros movimientos sospechosos del verdadero capo de esa mafia jurídica: Barack Obama, con la servil anuencia de algunos de nuestros diputados y funcionarios, los de la UNE al frente.

 

¿Nuestra democracia, amigos, para el resto del siglo XXI? Depende de que nos mostremos capaces de que nos mantengamos ahora virilmente de pie y vigilantes ante el Departamento de Estado, las Naciones Unidas o de supuestas comunidades internacionales, como el Foro de São  Paulo. Así me explico yo la varonil determinación de Estuardo Galdámez como también, las de un Isaac Farchi o de un Luis Velásquez, todos muy recomendables desde este ángulo.

 

Y todo porque nuestro Ejecutivo democráticamente electo, dada la total ausencia en su persona de experiencia política previa, se ha mostrado ausente de la vida pública en reiterados momentos muy decisivos a lo largo de estos casi cuatro años, así como del Congreso veleidoso, que le ha permitido a la Corte de Constitucionalidad abusar incólume y casi a diario de sus pseudo atribuciones.

 

Podemos contar siempre, eso sí, con la sabiduría del adagio latino: historia magistra vitae. A la que se suma la advertencia de Jorge Santayana: Quienes no recuerdan los errores del pasado están condenados a repetirlo. Y por eso también estamos urgidos de recordar los tropiezos de nuestro pasado.

 

El futuro, entonces, nos será noche o nos será día, dependientemente de que hayamos sabido aprovechar esas lecciones del pasado.

 

Pues nunca ha habido peor ciego que el que no quiere ver…