Sábado 14 DE Septiembre DE 2019
Opinión

Estado laico y Estado confesional

Las expresiones religiosas públicas en el ámbito político nunca han sido fuente de paz o de concordia.

Fecha de publicación: 18-05-19
Por: Roberto Blum

 

Wikipedia nos dice que “Estado laico o secular se denomina al Estado, y por extensión a una nación o país, independiente de cualquier organización o confesión religiosa o de toda religión, en el que las autoridades políticas no se adhieren públicamente a ninguna religión determinada ni las creencias religiosas influyen sobre la política nacional”. Probablemente sean Francia y México los dos Estados actuales que más se acercan a la definición anterior.

Así, los Estados Unidos de América instituyen, en la primera frase de su primera enmienda a la Constitución de 1787, que “el Congreso no hará ninguna ley que favorezca el establecimiento de una religión o que prohíba su libre ejercicio”; construyendo así lo que Jefferson llamó el “muro de separación” entre el Estado y las iglesias. Sin embargo, en los Estados Unidos, las instituciones religiosas y los ministros de culto gozan de algunos privilegios legales y sus autoridades políticas hacen gala de manifestaciones religiosas. Por ejemplo: el Congreso federal estadounidense mantiene un capellán permanente a su servicio y las autoridades de todos los niveles, al asumir sus cargos, “juran” ante Dios cumplir con las obligaciones que las leyes les imponen.

En el otro extremo se encuentran Estados confesionales o religiosos, que promueven una religión o prohíben el ejercicio de otras. En la región comúnmente llamada “Medio Oriente” encontramos diversos Estados confesionales, los varios Estados musulmanes, pero también el Estado judío. En algunos de estos Estados confesionales se puede permitir el culto, siempre limitado y sumamente regulado, de las otras religiones, al tiempo que legalmente no se reconocen los efectos civiles de las ceremonias culturales propias en relación con el estado civil de las personas; por ejemplo, el matrimonio y el divorcio civil, las pensiones alimenticias, el reparto de los bienes y la custodia de los hijos de quienes están sujetos a la jurisdicción territorial estatal.

En México, las iglesias y organizaciones religiosas han intentado erosionar el hasta hace poco infranqueable “muro de separación” entre el Estado y las iglesias. El presidente Fox llevó un crucifijo a su toma de posesión en el año 2000. Peña Nieto asistió públicamente a la Basílica de Guadalupe y el presidente López Obrador constantemente menciona o cita en sus discursos pasajes de la Biblia. Aún más: el pasado día 15, en el Palacio de Bellas Artes, se le rindió un homenaje público al dueño y heredero de la “Iglesia la Luz del Mundo”, el “apóstol de Jesucristo” Naasón Joaquín García, por sus cincuenta años de vida. En el acto fue acompañado por prominentes políticos y funcionarios mexicanos.

Todo esto parecen anécdotas sin importancia, pero hay que mencionar que las iglesias y organizaciones religiosas mexicanas están ahora exigiendo tener derecho a obtener concesiones del espectro radioeléctrico, propiedad de la nación, para ser ellas propietarias de emisoras de radio y televisión, y propagar así sus doctrinas religiosas, que en muchas ocasiones afectan los derechos y las formas de vida de personas que no comparten sus ideas o sus
programas.

Habrá que recordar siempre que el carácter laico de la legislación constitucional de México es resultado de las sangrientas guerras religiosas que el país sufrió durante los siglos diecinueve y veinte. Erosionar el “muro de separación” entre el Estado y las iglesias en un país como México es “jugar con fuego en un llano sediento y seco”. Las expresiones religiosas públicas en el ámbito político nunca han sido fuente de paz o de concordia, y sí de disenso, violencia y polarización social. ¡Cuidémonos de no incendiar el llano!