Martes 10 DE Diciembre DE 2019
Opinión

De esa agua no he de beber

Fecha de publicación: 17-05-19
Por: editorial

La dictadura chavista en Venezuela, bajo la conducción del usurpador Nicolás Maduro (sucesor designado a dedo de Hugo Chávez), cuyo modelo político y económico (Socialismo del Siglo XXI) se intentó instalar y perpetuar en Guatemala durante el régimen de Álvaro Colom (2008-12), a través de una dinastía nepótica, despótica y corrupta, con el concurso del programa chavista Petrocaribe, sigue endureciendo el totalitarismo y la opresión, así como ahondando la crisis económica que ha redundado en una catástrofe humanitaria.

Las proyecciones económicas para Venezuela son espeluznantes. El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que, en 2019, la inflación podría llegar hasta 10 millones por ciento, que el PIB caerá un 25 por ciento y que el desempleo alcanzará el 44.3 por ciento de la fuerza laboral y que, en 2020, llegará al 47.9 por ciento, lo que, indudablemente, agudizará la pérdida de poder adquisitivo de la población y agravará el desabastecimiento de alimentos, medicinas y demás productos de primera necesidad. Todo esto sin perjuicio del colapso del suministro energía eléctrica y de agua potable, así como de la destrucción de la industria petrolera.

Una catástrofe humanitaria sin más, en medio de la demagogia, la propaganda lava cocos, el clientelismo populista degenerado, el saqueo de la riqueza del país, la total desinstitucionalización y la consolidación del narcoterrorismo.

A lo anterior habría que agregar los casi 5 millones de venezolanos que han huido de su país, los más de 300 mil asesinatos que se han producido durante los 20 años de chavismo, los cientos de miles de personas que han muerto por falta de atención médica y por hambre, los miles de presos políticos que se pudren en las prisiones de la dictadura de Maduro y la represión brutal contra los jóvenes que manifiestan su descontento en las calles.

Inequívocamente, Venezuela vive una tragedia interminable bajo el cruel despotismo que impuso Chávez (1999) y Maduro (2013). Al chavismo solo le quedan las fuerzas armadas y el apoyo de Rusia, Cuba, Turquía, Irán y Cuba, así como la neutralidad pasiva de los gobiernos de Uruguay y México. El Secretario General de la ONU, António Guterres, y el papa Francisco dicen pero no dicen.

A estas alturas, dados los efectos devastadores del régimen chavista en Venezuela, ninguno con dos dedos de frente en Guatemala debería aspirar a que en nuestro suelo se instaure una suerte de “chavismo a la chapina”, que se vende como una suerte de “populismo progresista”, liderado por un “salvador de la patria”.

No obstante, lo más increíble es que en nuestro país existen promotores y financistas de la causa del Socialismo del Siglo XXI, que se esmeran en recetarnos la dizque “medicina chavista”. De esa cuenta, jamás hay que decir de esa agua no he de beber.