Miércoles 13 DE Noviembre DE 2019
Opinión

Diálogos de la Política y el Poder

La tesis personalista constitucional.

Fecha de publicación: 10-05-19
Por: Alejandro Maldonado Aguirre

 

Desde que el ser humano ha reflexionado acerca de los fundamentos del ser y de las cosas, se ha hecho planteamientos no solo de su esencia, sino también de los fines u objetivos de la sociedad. Así es que siendo el Estado y el Derecho estructuras sociales, es evidente que el hombre haya tenido necesidad de averiguar su finalidad, dado que, para lograr la eficiencia, que es ideal de la superación y del espíritu perfectible de la especie humana, era necesario responder no solo qué y cómo son las instituciones, sino para qué son. Al plantearse la cuestión que le explique la finalidad del Estado, surgen dos posiciones centrales que se revelan por su manifiesta antinomia. Estas son: 1. el personalismo; y 2. el transpersonalismo.

Para explicarnos el primero apoyemonos en un hábil juego de palabras del insuperable Francesco Carnelutti, que dijo: “la sociedad existe para el individuo, no el individuo para la sociedad”. Esta fórmula simplifica la diferencia entre personalismo y transpersonalismo. Para aquel el individuo es el fin del Estado y de la sociedad, así también para el Derecho. En tanto, para la concepción transpersonalista, el individuo debe ponerse al servicio de un propósito colectivo encarnado en la sociedad y en el Estado.

Podrá pensarse que la concepción personalista es en extremo “egoísta”. Cabalmente se ha desacreditado el liberalismo extremo como “individualista”, contraventor de la convivencia social. También se le tilda de excesivamente retórico, ya que al fin de cuentas no puede eludir el realismo cuantitativo de la masa que, por su volumen, logra que los fines individuales queden subyugados al peso de las necesidades colectivas. Esta objeción la percibe Carnelutti cuando reconoce que si el humano fuese solo no existiría el Derecho, como tampoco podría existir el individuo cuyo destino es convertirse en persona, lo que no puede ocurrir sin el otro. Como en el cuento de Robinson Crusoe y de Viernes.

Acudiendo a Recaséns Siches (filósofo, jurista y sociólogo) el asunto se explica con la mayor economía de palabras: “La idea de valor decisiva en las doctrinas personalistas radica en la dignidad moral del hombre; y el fin del Estado estriba en salvaguardar esta dignidad y hacer posible el mejor cumplimiento de los fines éticos del individuo y de su desarrollo cultural”.

Es necesario elucidar estos conceptos que clarificarían estas ideas:

En primer término, el de dignidad humana. Este principio viene manejándose desde las primeras declaraciones de derechos y figura de manera destacada en nuestra Constitución. Kant expuso claramente que en el mundo de las cosas, todas, menos una, tienen precio, y en este sentido les asignó valor relativo. La única cosa del mundo que no tiene precio es el humano, porque está provisto de dignidad, con lo cual le reconoció valor absoluto. Esta idea, producto del cristianismo, no ha sido fácilmente asimilada en la historia de la civilización, persistiendo durante muchos años la esclavitud como una institución jurídica. Se puede, pues, comprar cualquier cosa a cualquier precio, pero es imposible tasar el valor del hombre, porque siempre existirá de manera irreductible su significado espiritual y su apreciación como ser supremo de la naturaleza, creado por Dios a su imagen.

Esta intransferencia la ilustra con más gracia e ironía un aldeano de Anatevska de la obra musical “El violinista sobre el tejado”: “Si los ricos pudieran contratar a otros para que se murieran por ellos, los pobres tendríamos mucho dinero”. El poeta alemán Wolfgang Goethe alude en cierta forma a esa individualidad cuando sentenciaba: “Que cada quien barra delante de su puerta y el mundo estará muy limpio”. También la encontramos en la sabiduría popular del refranero chapín reprobando que otro “pague los elotes que no se comió”.

No obstante el valor intrínseco de la individualidad, no hay duda que su progreso y su evolución son el resultado de la vida en comunidad, tanto sea aldeana como cosmopolita. Así, es muy distinto el hombre de las cavernas al hombre del siglo XXI debido a que, aunque sean pocos los cambios genéticos que pudieran tener entre sí, son notables las diferencias de orden cultural que los distancian. Esta diferencia se explica por el mecanismo de la historicidad del hombre, porque este es portador del cambio que se expresa en las sucesivas generaciones en que cada una es heredera del instrumental de cultura (ideas, conceptos, valores, adelantos científicos y tecnológicos, organización social, pensamiento filosófico, construcciones religiosas, instituciones jurídicas, sistemas políticos, etcétera) de las generaciones precedentes y, a su vez, es causante del nuevo, incontenible y desbordante acervo cultural y así sucesivamente.

La tesis personalista corresponde a los enunciados fundamentales de la civilización cristiana, cuyas características
principales son las tres siguientes:

* Reconocimiento del valor de la persona humana individual dentro del grupo colectivo que no la puede subyugar, discriminar ni sancionar por causa alguna que no sea por su propia razón. Políticamente ser rojo, azul o desteñido; de cualquier etnia o lenguaje; de pensamiento libre o cerrado; religioso o ateo, etcétera, son cosas muy suyas y muy íntimas de su vida y voluntad.

* Afirmación de la igualdad fundamental de todos los seres humanos. No hacer a otros lo que no quieras lo hagan a tu persona.

* El sentido de la fraternidad. Hacer por los demás lo que ellos pueden hacer por ti.

No es necesario buscar mucho: Leer el preámbulo y los artículos del 1o. al 4o. de nuestra Constitución soberana.