Domingo 26 DE Mayo DE 2019
Opinión

Por mi culpa…

Estado laico, que eso no se confunda.

Fecha de publicación: 17-04-19

 

Los árboles pueblan el aire tibio con lágrimas lila. Temporada entrelazada de emociones que definen parte de nuestro temperamento. Los cinco sentidos se avivan con paisajes, bacalaos, inciensos, bandas y mucho sol. Y uno sexto que come de recuerdos. Aunque haya quienes, acertadamente, renieguen argumentando que este es un Estado laico y que la fe no tiene porqué tomar las calles, la verdad es que cuando las pupilas se tiñen de púrpura chinto, las tradiciones se posesionan junto con el olor anticuado de un pasado no resuelto. La punta de la lengua en el agujero de un mango de pashte magullado. Las resinas que pican la vista y perforan el olfato hasta el ahogo. Cuando eso ocurre, se postergan argumentos.

¿Cuál es el límite entre tradición y religión? Y, ¿cómo promover la norma reguladora del pluralismo? Mientras lo dilucidamos, las ferias no se dan abasto. Las leyendas invaden imaginarios: El Milagro de la Jacaranda. Helados y chocobananos. Jocotes en miel flotan boca arriba en grandes ollas de peltre. Bollitos, coco en dulce, tortas con ajonjolí y chocolate caliente. “Por mi gran culpa”. Sin duda infinidad de vendedores llevan algo de pan a su mesa por estos días. Y entonces, todo habrá valido la pena. Cucuruchitos, globos…

Neblina de súplica y redención. Azotes de bombas procesionales. Ventas de pelotas (de tripa), trompos, pirulís, dulces de miel y panitos miniatura. Papelitos de colores. Pasión, muerte y resurrección. Matilisguates, nubes rosadas bordeando orillas de carreteras (derruidas), esperan pacientes el paso del Nazareno; sediciosas gravileas y vainas del corozo con su olor a rancio, siempre añejo, haciendo arcos para recibir el indulto. Cofrades y cucuruchos. Concupiscencia y pecado. “Por mi gran culpa”. Mujeres con mantillas caladas. Pan ázimo, vino, corona de espinas, látigo, clavos, lanza y la caña con vinagre. Cruz. Todo listo para arriesgarse a la indulgencia. Capirotes, estandartes, horquillas, andas y cargadores. Penitencia. Milagros denegados.

La arena, negra. El agua de río. El lago tibio. La gruta oscura. Cuchumatán airoso. Tumulto de gente desfilando. El anda zarandeando húmedo aserrín teñido.

Los conciertos ambulantes de marchas fúnebres filtran los oídos con la tristeza de la muerte. Aunque no se crea, dan ganas de llorar. Porque suenan a niñez, a abuelas, a antes, a la muleta que sostiene nuestra endeble identidad.

Sí, un Estado laico con ciudadanos emancipados de cualquier autoridad impuesta. Que eso no se confunda, pero con recuerdos, con las escasas tradiciones barrocas que nos revuelven el amor por esta patria. Heredadas, fusionadas, pero, al fin y al cabo, nuestras. Se puede creer o no, pero aferrarse a la costumbre resulta ser una opción.