Sábado 21 DE Septiembre DE 2019
Opinión

“El buen indio”, según Roberto Arzú

Esta dicotomía entre el indio bueno y malo se mantiene hasta el presente y se evidencia en el discurso político actual, marcado por el racismo.

Fecha de publicación: 15-04-19
Por: María Aguilar

 

La semana pasada, Prensa Libre publicó el resumen de una entrevista a Roberto Arzú, candidato presidencial por el partido PAN-Podemos, en la sección “Ping-Pong”, donde se le pidió que respondiera lo “que piensa cuando se le mencionan nombres, situaciones o enunciados”. Cuando le preguntaron sobre pueblos indígenas, Arzú dijo: “Conocí a María Tuyuc, presidenta de la Cámara Empresarial Indígena de Guatemala. Me impresiona lo trabajadores que son y su creatividad empresarial. El indígena bien apoyado es una persona trabajadora y agradecida”.

En Estados Unidos, dentro de la lógica de la conquista racista, concentrada en la noción de Destino Manifiesto, se argumentaba que “el único indio bueno es el indio muerto”. Es decir, la vida india era un problema para el “progreso de la nación”. En Guatemala y Latinoamérica, las discusiones de fundación del Estado también fueron marcadas por “el problema indio”, es decir ¿qué hacer con él? ¿Exterminarlo? ¿Asimilarlo? ¿Dejarlo vivir dado su potencial como mano de obra explotable? Cada región tomó pasos distintos para “resolver el problema”, sin embargo, la elite guatemalteca aún está lidiando con la disyuntiva. El exterminio nunca fue opción, el racismo no pudo ganarle a la avaricia criolla y ladina, que necesitaba mano de obra esclavizada para mantener sus fortunas. En Guatemala se mantuvo la idea de que “el indio bueno” era el indio esclavo, jornalero, colono o campesino. Pero también, arrastrando el miedo colonial, se mantuvo firme la imagen que el “indio rebelde” debía exterminarse con saña brutal para sentar ejemplo frente al resto. Así, durante la segunda mitad del siglo XX, el Estado guatemalteco arrasó y cometió genocidio sobre cientos de comunidades indígenas, contra los “indios malos”, “los rebeldes”, los que se atrevieron a levantarse frente a la explotación para defender sus hogares y su tierra.

Esta dicotomía entre el indio bueno y malo se mantiene hasta el presente y se evidencia en el discurso político actual, marcado por el racismo. Las prácticas discursivas de las elites políticas ayudan a entender la función y poder del racismo en la sociedad, Estado y gobierno, lo cual necesariamente influye y define privilegios, políticas públicas y presupuesto. Hoy, el mejor ejemplo son las palabras paternalistas y racistas de Arzú, quien reduce a 23 pueblos mayas al nombre de una sola mujer indígena, miembro de una cámara empresarial, pero sobre todo para quien “el indio bueno” lo encarna aquel que es “trabajador y agradecido”. Salirse del molde establecido por Arzú representaría una amenaza a la nación feudal dentro de la que viven los descendientes criollos que se valen de la sombra de sus padres, apellidos y control de la riqueza para atrincherarse en el poder.