Martes 16 DE Julio DE 2019
Opinión

21 años sin Gerardi

Historia de su último proyecto.

Fecha de publicación: 15-04-19
Por: Édgar Gutiérrez

 

La iniciativa de la Iglesia católica Recuperación de la Memoria Histórica (Remhi, 1995-1998) recogió los trocitos de proyectos de vida de miles de personas, truncados brutalmente por los agentes del conflicto armado interno (1960-1996). Es quizá la más vasta investigación social en el país, que fue acompañada de reflexiones teológicas abiertas, sobre la condición humana en situaciones límite.

En la recopilación y procesamiento de más de 6 mil 500 testimonios (dos de cada tres grabados en idiomas mayas) participaron 600 agentes de pastoral en todo el territorio nacional, junto a unos 50 técnicos de diversas disciplinas. Dirigidos por el obispo Juan Gerardi, rescatamos dolorosas historias familiares y comunitarias para encontrarles un cauce de pedagogía social. Esos “artesanos de la memoria” ubicaron cada relato en la historia general y luego, siguiendo la tradición indígena, buscamos incorporarla a un nuevo proyecto de vida comunitaria, pero excepcionalmente lo logramos.

Mientras el Gobierno y la insurgencia negociaban la paz política, facilitada por la mediación de la ONU, en el Remhi nos propusimos contribuir a edificar otra paz, complementaria y necesaria: “desde abajo” (la memoria sobre los hechos atroces como materia prima en la búsqueda del equilibrio en la vida comunitaria,) y “desde adentro” (con las víctimas no combatientes como sujetos). Algunas preguntas de las víctimas (predominantemente indígenas) siguen sin respuesta: ¿por qué tantísimas matanzas, de una crueldad inenarrable? ¿Qué hace aflorar el odio tan profundo contra decenas de miles de inocentes, incluyendo niños y no nacidos, que fueron literalmente arrancados del vientre de sus madres?

Esta historia empezó en junio de 1994. Gerardi era el obispo auxiliar de Guatemala y responsable de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado (ODHAG). Ronalth Ochaeta se desempeñaba como director ejecutivo de la ODHAG, y yo andaba, como era mi costumbre, a varios caballos, asesorando varias instituciones. Tres décadas antes, siguiendo las pautas del Concilio Vaticano II (“la opción preferencial por los pobres”), la Iglesia decidió convertirse en un activo agente de promoción social y desarrollo en las zonas rurales y áreas marginales. Incentivó extensamente el cooperativismo, la alfabetización y la tecnificación agrícola, que generó excedentes de producción a las familias campesinas. Eran los tiempos de las guerras de descolonización en Asia y África, y de revoluciones en Latinoamérica. Guatemala atravesaba la etapa postraumática del derrocamiento de Árbenz (1954) y la chispa revolucionaria prendió en 1960. Se formaron focos guerrilleros y hubo un esfuerzo sistemático de las organizaciones de corte marxista para involucrar al campesinado y los obreros en las luchas revolucionarias. La Iglesia no apoyó las revueltas, aunque varios sacerdotes y religiosas se involucraron por su propia cuenta. La guerra civil fue dantesca. Cobró más de 200 mil vidas, forzó el desplazamiento de 1.5 millones de personas (el 20 por ciento de la población total en 1980) y unas 70 mil fueron declaradas “desaparecidas”, tras haber sido capturadas y torturadas por las fuerzas oficiales. En este contexto, las violaciones de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario, son responsabilidad del Estado, en una relación de nueve a una con relación a las guerrillas.

En medio del drama –que cobró miles de vidas de agentes de pastoral– la jerarquía católica trató de mantener la unidad. De acuerdo al testimonio que Gerardi ofreció al Remhi, fue la jerarquía más cohesionada en una Latinoamérica azotada por las turbulencias políticas, especialmente en la década de 1980. Con el retorno de la democracia en 1986, la Conferencia Episcopal publicó una serie de Cartas Pastorales, identificando asuntos torales para las políticas públicas (acceso a la tierra, educación, salud, etcétera) y proponiendo formas de tratamiento. (Continuará)