Domingo 21 DE Julio DE 2019
Opinión

La escuela y el buen ciudadano

El buen ciudadano es sin duda resultado no solo de buenas familias, sino también de buenas escuelas.

Fecha de publicación: 23-03-19
Por: Roberto Blum

 

En la antigüedad clásica, la política era considerada como la actividad más elevada a la que un ser humano podía dedicar su vida. Resultaba prácticamente inimaginable que un verdadero hombre pudiera existir fuera de la ciudad o que, viviendo dentro de ella, se retirase voluntariamente a vivir en forma privada. La privación política era sin duda el mayor castigo que la sociedad podía imponerles a quienes cometían crímenes contra la comunidad.

Entre las antiguas tribus europeas, llamadas bárbaras por griegos y romanos, la intensa participación de hombres y mujeres en la toma de decisiones comunitarias era lo acostumbrado y esperado. Nadie podía sustraerse al deber de participar en lo que concernía a todos. De la misma manera, alejarse de lo público era para ellos transformarse en una bestia feroz; en un ser feral o salvaje.

Todavía hoy se descubren de vez en cuando niños ferales: niños que han crecido alejados de todo contacto humano y que difícilmente pueden integrarse con éxito en la comunidad, demostrando con ello que lo verdaderamente humano no es solo biología, sino también crianza y educación comunitaria.

Algunos filósofos políticos liberales opinan que quizás no podamos confiar a la familia, a las asociaciones de la sociedad civil o al mercado enseñar a los menores toda la gama de virtudes cívicas. Cada una de estas instituciones nos enseña ciertas virtudes importantes, pero también ciertas disposiciones que pueden ser vicios, cuando se ejercen en el dominio político.

Es difícil imaginar cómo las virtudes adecuadas para las relaciones íntimas entre padres, hijos y hermanos puedan traducirse en las virtudes necesarias para participar en el entorno anónimo del mercado, la amplia y diversa sociedad civil o la vida política moderna de los estados nacionales, tales como la civilidad y la razonabilidad pública; o bien promover valores democráticos como la ciudadanía activa, el autogobierno, el igualitarismo, la solidaridad y el ejercicio responsable de la libertad.

¿Dónde aprendemos estas virtudes? La respuesta, según algunos teóricos, depende del sistema de educación. Las escuelas deben enseñar a los niños cómo participar en los grupos con civilidad, aprender a razonar críticamente y lograr las perspectivas morales que definen la razonabilidad pública. Y, de hecho, enseñar y promover este tipo de virtudes, necesarias para ser un buen ciudadano, es una de las justificaciones fundamentales de la educación obligatoria.

Como lo expresa Amy Gutmann, en la escuela los niños “deben aprender no solo a comportarse de acuerdo con la autoridad, sino también a pensar críticamente sobre la autoridad, si quieren estar a la altura del ideal democrático de compartir la soberanía política como ciudadanos”. Las personas que “son gobernadas solo por el hábito y la autoridad son incapaces de constituir una sociedad de verdaderos ciudadanos soberanos”. El buen ciudadano es sin duda resultado no solo de buenas familias, sino también de buenas escuelas. Y solo con el concurso de buenos ciudadanos tendremos buenos políticos y con ellos y nosotros todos, lograr un buen Estado.