Jueves 27 DE Junio DE 2019
Opinión

La importancia del buen ciudadano

Sin duda, la educación es un prerrequisito para la existencia del buen ciudadano.

Fecha de publicación: 16-03-19
Por: Roberto Blum

 

La mayoría de nuestros estados americanos nacieron en el período en que en el mundo se inventaron los derechos políticos, los derechos del ciudadano. Los revolucionarios franceses y angloamericanos proclamaron la aparición de un nuevo tipo de individuo con nuevos derechos: el ciudadano, poseedor natural de derechos políticos.

Así como el siglo dieciocho vio aparecer por primera vez los derechos civiles, el siglo diecinueve atestiguó la aparición en el mundo de los derechos políticos y su gradual expansión, para incluir a más numerosos grupos de personas. Primero fueron hombres propietarios, de cierta edad; después, simplemente hombres honrados; finalmente hombres y mujeres adultos. Aún ahora se está expandiendo el número de personas con derechos políticos, al disminuir la edad legal para su ejercicio.

Si bien los seres humanos actuamos más o menos racionalmente por interés propio, en el desarrollo de la historia hemos construido innumerables instituciones sociales, que nos instigan a comportarnos de cierta manera, mediante los premios y castigos que imponen, siguiendo reglas formales e informales. Sin embargo, parecería que no es suficiente que tengamos buenas o excelentes instituciones. Las mismas son necesarias, pero no suficientes.

El otro elemento indispensable para lograr una buena vida pública es la existencia del buen ciudadano: ese ser ideal al que todos deberíamos imitar. Sin duda, la educación es un prerrequisito para la existencia del buen ciudadano. Debe ser una educación que le ayude al mismo a tomar buenas decisiones personales y colectivas, y a estar atento para evitar ser engañado por los demagogos, que siempre existen en toda colectividad.

Se considera que la buena ciudadanía requiere habilidades intelectuales, como el pensamiento crítico, lo mismo que habilidades de participación cívica. El buen ciudadano debe saber deliberar civilmente, monitorear y cuestionar al Gobierno, construir coaliciones políticas, gestionar conflictos de manera pacífica y justa, formular peticiones y dar testimonio, hablado o escrito, ante los múltiples organismos públicos que lo afectan.

Se puede hablar de tres tipos de buenos ciudadanos: el responsable: es aquel que actúa responsablemente en su comunidad; el participativo: el que es miembro activo de diversas organizaciones comunitarias y hace permanentemente esfuerzos de mejora cívica y social en su entorno; y el orientado a la promoción de la justicia en todas sus formas, tanto en los asuntos menores como en la mejora de la justicia de las grandes estructuras económicas y sociales, sin la cual es imposible fundamentar la cooperación y la paz.

Hace ya dos mil quinientos años, el filósofo griego Aristóteles consideraba que ser un buen ciudadano no requería ser al mismo tiempo un excelente hombre. Esa opinión del filósofo es consoladora, ya que todos nosotros, a pesar de nuestros defectos y faltas, podemos sin embargo llegar a ser buenos ciudadanos y contribuir así al mejoramiento de nuestra vida política y social. Desaprovechar nuestro estatus de ciudadanos poseedores de los amplios derechos políticos trabajosamente ganados, sería una enorme irresponsabilidad y una fea mácula en nuestra condición de hombres y mujeres libres.