Domingo 24 DE Marzo DE 2019
Opinión

El diálogo como opción de rescate en Nicaragua

En estos momentos debiese prevalecer la solidaridad humana y la búsqueda de minimizar más dolor a la familia nicaragüense.

— Richard Aitkenhead Castillo
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En el siglo pasado, las crisis políticas se resolvían con relativa facilidad. Cuando un gobernante era rechazado por la población o por amplios sectores organizados, se le forzaba a dimitir y se le colocaba en un avión con rumbo al extranjero, brindándole un puente de plata hacia un país que le brindase inmunidad diplomática, con estatus de perseguido político, garantizando su seguridad y la de sus familiares más allegados, bajo condición de no inmiscuirse en los asuntos políticos e internos del país anfitrión y hacer uso generoso de sus recursos financieros.

En pocas ocasiones, el exgobernante expulsado era perseguido o llevado ante los tribunales de justicia por los actos cometidos durante su mandato y, previo a su salida, se negociaba también limitar los efectos adversos a sus colaboradores, en general. Uno que otro, caído en desgracia, era el pagano de la ira popular o de los nuevos gobernantes. Hoy en día, se considera una concesión demasiada generosa hacia los gobernantes salientes, especialmente cuando el descontento se ha reflejado ya en protestas masivas y represión violenta.

En la actualidad desde la calle y los medios de comunicación se pide, más bien se exige, que se tenga cero tolerancia con el gobernante al que se desea remover. Acertados desde el punto de vista jurídico y de la búsqueda de la rendición de cuentas, es muy poco práctico en la esfera política. En tiempos recientes, todo gobernante removido es posteriormente perseguido a nivel internacional y termina juzgado más temprano que tarde. Es la lógica de tomar revancha, en nombre de la justicia.

En la práctica, esto se traduce para los gobernantes en la necesidad de aferrarse al poder, a toda costa, antes que negociar una transición o salida pactada, con el inmenso costo en vidas humanas y pérdidas económicas y sociales por la prolongación de la crisis. Esta semana trascendió una reunión entre el mandatario y representantes empresariales en Nicaragua, con representantes de la Iglesia católica como garantes de buena fe. Un primer paso en un nuevo esfuerzo por lograr una salida negociada. A los extremos no les gustará nada. Unos en nombre de la pureza legal y de no dar salidas al mandatario autoritario. Para los suyos, una muestra de debilidad peligrosa. En realidad, la única opción para evitar más muerte y deterioro social en Nicaragua.

En estos momentos debiese prevalecer la solidaridad humana y la búsqueda de minimizar más dolor a la familia nicaragüense. Debe buscarse una salida del mandatario y recuperar el sistema democrático de Nicaragua. No es negar justicia, es poner las cosas en perspectiva. Más muertes no es solución, aun cuando al final se obtuviese la victoria. Una intervención externa tampoco es lo adecuado. Menos continuar con la debacle económica o aceptar la persecución atroz de los opositores, silenciar a la prensa o presenciar más destrucción y muerte. Es momento de utilizar el diálogo para lograr la salida civilizada de Ortega y su familia, preservando la democracia en Nicaragua y salvaguardando los intereses de la mayoría. Ojalá fructifique la iniciativa.

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