Sábado 16 DE Febrero DE 2019
Opinión

Abramos la ventana de la oportunidad

Aprender a debatir sin descalificar.

— Édgar Gutiérrez
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En este 2019 viviremos una transición múltiple. Se elegirá un nuevo Congreso de la República y la Presidencia del poder Ejecutivo. Vendrá otra Corte Suprema de Justicia y magistrados de salas de Apelaciones. Y el sistema de justicia, previsiblemente, volverá a funcionar solo, después de doce años de presencia de la CICIG.

Es un año, pues, en que se pondrá a prueba la institucionalidad del Estado, y no solo por el traslado de estafetas. El TSE debe de administrar un proceso electoral bajo nuevas normas, algunas de ellas complejas, desafiantes. Mientras, los partidos políticos vigentes durante la última década (y más) terminarán de ser pulverizados en los tribunales, junto con sus principales dirigentes, por haber transgredido reiteradamente las reglas electorales.

Vistas las cosas de esta manera, nos encontramos caminando hacia una nueva etapa de la vida política del país, que debemos abrazar con responsabilidad, pues allí nos jugamos la arquitectura básica para las próximas dos generaciones de guatemaltecos/as. Por tanto, implica edificar una nueva institucionalidad, que sea funcional (es decir, que preste eficientemente los servicios esenciales), capaz de darle soporte a la democracia y de generar un clima por fin propicio para el desarrollo.

Para lograrlo será necesario superar los antagonismos ideológicos que han infectado particularmente a la sociedad desde hace más de dos años, a propósito de la disputa por el control político de la coyuntura que califica nuestro proceso: la crisis de construcción del Estado de derecho, o sea, de un sistema justo (legítimo) y universal (verdadera igualdad ante la ley). Como sociedad deberemos extraer las lecciones de 2015 a la fecha.

No creo que la aspiración de alcanzar acuerdos sea la manera de resolver (o disolver) la actual polarización. Debe ser a través del debate. En todo caso los pocos acuerdos que logremos alcanzar deberán ser resultado de debates amplios, profundos, exhaustivos y, sobre todo, respetuosos. En la reforma del sistema de justicia discutida en 2016 y 2017 dimos, como sociedad, un espectáculo patético. Allí tomó cuerpo el antagonismo ideológico mediante la descalificación, la desinformación y el discurso del odio. Las autoridades indígenas, quienes no pueden contar beneficios del actual sistema y algo podían ganar con la reforma, dieron la única lección de civismo y madurez.

Quiero decir que la actitud de las elites es la clave para abrazar la oportunidad de modernidad y cambio, o para perderla. Este último escenario no implica simplemente sumar cero; es entrar al reino de la degradación, mayor sufrimiento, violencia y desamparo. La inviabilidad como Estado-nación. Lo digo de esta manera porque, además de las condiciones que hemos venido agregando para calificar como “Estado fallido”, estamos a las puertas de otra desaceleración de la economía y, muy probablemente, a dos años de una depresión global. Cuando esos momentos llegan el caníbal que llevamos dentro toma el mando de la humanidad. Estamos a tiempo de enfrentar ese nuevo desafío sobre un terreno común de empatía y solidaridad.

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