Sábado 16 DE Febrero DE 2019
Opinión

El descaro de Sandra Torres

Son los pueblos los únicos que tiene el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno, cuando este ya no responda a sus necesidades.

— Irma A. Velásquez Nimatuj
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Sandra Torres –quien no tiene un pelo de tonta– sabe que para que nazca otra Guatemala no son suficientes las elecciones. No es cuestión de elegir a un presidente en junio, que sustituya al incapaz, mentiroso y corrupto Jimmy Morales. Para tener otro país se requieren transformaciones estructurales y ahora –tarde porque así lo decidió Consuelo Porras, Fiscal General– a través de una sólida investigación se sabe, que Sandra no declaró Q19 millones en las elecciones de 2015. Sin embargo, ante su ambición por la presidencia no le importa ser parte del sistema electoral que se basa en el descomunal financiamiento ilícito que familias corporativas, ponen a disposición de políticos para controlar al presidente, enriquecerse del Estado y materializan su poder terrenal, actuando como dioses.

Construir otra nación, es un proceso complejo, conflictivo, doloroso que modifica el lugar de los intocables, implica la intervención de múltiples factores y llega a un punto de ruptura, pero a Sandra no le interesa un quiebre. Ella quiere ganar como lo han hecho sus antecesores. No le interesa enfrentar el sistema sino escalar usando el sistema, ejerciendo la corrupción, negociando y aceptando financiamientos y apoyos, ella no ve conflicto, porque su meta es la presidencia y usará todos los métodos a su alcance.

Ante la actitud de Sandra, sus vacías acusaciones e incapacidad de enfrentar los actos de su partido, hay que materializar lo que miles, desde abajo han defendido en diferentes momentos de la historia. Que la soberanía de una nación no reside en sus autoridades electas fraudulentamente y provenientes de las elites. Ellos no ostentan la soberanía, tampoco sus discursos vacíos que emiten desde los congresos o púlpitos. La soberanía radica en los pueblos, en las comunidades, en las familias, en las personas que día a día en condiciones adversas producen la riqueza nacional con su trabajo. Son los pueblos los que deben exigir y materializar por todos los medios a su alcance, que el poder público emana desde ellos y que se constituya para su propio beneficio. Por eso, son los pueblos los únicos que tiene el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno, cuando este ya no responda a sus necesidades.

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