Lunes 25 DE Marzo DE 2019
Opinión

Sus legados

Ortego, Edelberto, Wilson-Grau, Ak’abal.

— Edgar Gutiérrez
Más noticias que te pueden interesar

 

Fines del 2018 e inicios del 2019 ha sido de partidas súbitas –por inesperadas– de amigos entrañables, seres que dejaron huella, ayudándonos a crecer, y un legado mucho más amplio, aún por descubrir.

Enrique Ortego, el periodista español que aterrizó acá durante la primera década del aprendizaje democrático, me enseñó el método del contraste teórico, histórico y empírico de los fenómenos sociopolíticos. Fue un entrenamiento intenso desde las salas de redacción en Inforpress, Siglo Veintiuno y Crónica, y sobre todo en el terreno. En la región Ixil, en los barrios populares, en las zonas de guerra en El Salvador, hasta en los elegantes salones de gobierno en la Ciudad de México. Pensándolo bien, el método de Ortego fue el mismo que apliqué con el ajedrez y las matemáticas: se aprende jugando, moviendo las piezas, ejercitando, sometiendo la realidad a procesos mentales.

Edelberto Torres-Rivas, en cambio, tomando distancia de las grandes y profundas teorías de la sociología, me mostró cómo a partir de observaciones sencillas y preguntas aparentemente fáciles se puede emprender el viaje del conocimiento y nunca perder la capacidad de asombro. Curiosamente en nuestro último proyecto juntos –en el que participaba también Fabrizio Feliciani– salió de sus libros clásicos y se acercó al periodismo de investigación y a una suerte de enfoque antropológico.

Pasamos jornadas enteras en la casa de Fabrizio en Antigua planeando una revista regional con vistas al bicentenario de la Independencia. La queríamos desde miradas frescas de la historia y recreando la vida cotidiana de los centroamericanos, sus imaginarios, sueños y miedos. Por eso también recurrimos al historiador salvadoreño Roberto Turcios y a la comunicadora tica Nuria Gamboa, además de la antropóloga italiana Bárbara Trentavizi. Edelberto le contó a Indiana, su hija radicada en México, sobre la nueva aventura, y ante un ¿qué haces, papá?, él salió al paso sonriendo: “Quiero terminar la fiesta bailando”.

Ricardo Wilson-Grau era el gringo bueno, el gerente de Inforpress, mi primer jefe. En ese caserón de la 9a. calle “A”, cerca de los cines Aries, Leo y Tauro, cursé mi real universidad con mentores irrepetibles como David Dubón, Ariel Deleon, Manuel González Perret, Aldo Dell’Ariccia, Jorge Solares, Myrna Mack, Tania Palencia y Tita Salinas. Wilson-Grau se encargaba de la sostenibilidad del negocio inventando cualquier tipo de producto de análisis periodístico que impactara a nuestros elitistas lectores en la región. Más allá de las finanzas, su sensibilidad hacia la materia de nuestro trabajo resultaba asombrosa, hasta conmovedora. Con esa combinación de habilidades Ricardo tuvo enorme éxito en el manejo de una agencia holandesa de cooperación y viajó como apóstol por todo el mundo. Se retiró en Río de Janeiro, donde murió hace un mes. Lo único que me entristece es que, en los últimos años, este señor que era el mejor preparador de mojitos y un admirable bebedor de agua con lúpulo y cebada, solo podía tomar cerveza sin alcohol.

Humberto Ak’abal partió esta semana, también de manera inesperada. Un día salimos juntos del aeropuerto, lo iba a dejar a Galgos, pues debía viajar esa mañana a Totonicapán. Pero en el trayecto me habló tanto de una sorprendente poeta kaqchikel que, sin pensarlo dos veces, emprendimos camino a Chimaltenango. La última vez que lo vi fue el año pasado en la feria del libro. Fue un sábado en el que sufrí un duro revés y le dije: Las víctimas no hablan cuando deben, sino cuando pueden. Agarró un pedazo de papel donde escribió: “Presidente caracol/ enconchado/ cornudo/ baboso/ y arrastrado”. Así era él, solidario y entrañable, furioso ante las injusticias.

Etiquetas: