Martes 18 DE Junio DE 2019
Opinión

Enfoque: Migrar a EE. UU.… o perder las manos aquí!

¿Cómo pudo llegar a la pandilla? ¿Tuvo mejor opción de vida? ¿Por qué algunos jóvenes terminan de mareros, sicarios y criminales?

Fecha de publicación: 26-01-19
Por: Gonzalo Marroquín Godoy

 

En la pandilla hay que estar dispuesta a todo: a matar y a morir. (Teresa, pandillera).

Cuando salga de aquí me voy a apartar de todo esto. Me voy a ir a la mierda, lo más lejos posible. A Estados Unidos tal vez. (Jessica, pandillera presa por extorsión).

Estas son dos frases de jóvenes pandilleras guatemaltecas entrevistadas por la ‘BBC’, en un reportaje de la cadena inglesa que recoge testimonios sobre cómo se han involucrado en las temidas Barrio 18 y la mara Salvatrucha, pandillas que operan en Guatemala, El Salvador y Honduras. Este reporte periodístico causa gran impacto, pues presenta casos de jovencitas de 13 o 14 años que son involucradas y utilizadas para lograr los cobros de las extorsiones y cometer otra clase de crímenes.

Tanto Teresa como Jessica han sido responsables de asesinatos, aunque no son ellas necesariamente quienes los cometen, pero las mujeres pandilleras son utilizadas como una especie de anzuelo para atraer a quienes deben pagar la extorsión o, en el peor de los casos, las que llevan a la víctimas al lugar donde serán asesinadas.

Hace pocos días, Mirna Elizabeth Juárez –19 años apenas– perdió ambas manos cuando amenazaba a un chofer de bus por el pago de una extorsión, al estallar una granada casera que llevaba consigo. La granada se activó –aparentemente– sin querer, dejando un saldo adicional de varios usuarios del servicio heridos.

La primera reacción de muchas personas es merecido se lo tiene por ser pandillera y extorsionista. Esa es la expresión más común y hasta cierto punto lógica. Sin embargo, el caso particular puede servir para que veamos el fondo de un problema social que se mantiene latente en nuestra sociedad, aunque algunos avances se han logrado, pero el mal sigue incrustado profundamente.

No conozco a fondo –creo que no se sabe aún–, la forma en que Mirna terminó enrolada con la pandilla y las extorsiones, pero una cosa es segura: no tuvo opciones.

Ahora que se han puesto de moda las famosas caravanas de migrantes hacia los Estados Unidos, los colegas de la radio y televisión suelen hacer entrevistas en las que se pregunta la razón por la que están dispuestos a correr tantos riesgos con la familia –recorren más de 3 mil 500 kilómetros y luego enfrentan el rechazo o la captura por parte de los agentes de la Patrulla Fronteriza–, y las respuestas se pueden resumir de la siguiente manera: Se van por falta de oportunidades de empleo –situación económica–. Huyen por el temor a que sus hijos terminen siendo pandilleros. Temen por sus vidas –extorsiones– y las de los hijos que se niegan a sumarse a las maras. Quieren un mejor futuro. Siendo padre de familia y abuelo, debo reconocer que el caso de Mirna me impactó. Por supuesto que estaba actuando al margen de la ley. Pero pensé también en qué condiciones habrá llegado la joven a la pandilla. Muchas patojas son enroladas y caen voluntariamente. Otras llegan casi a la fuerza y además son sometidas a vejámenes terribles –incluyendo el ser violadas por varios miembros de la clica–, y algunas son asesinadas por no acceder a lo que les piden que hagan.

El reportaje de la BBC es crudo, pero está basado en testimonios recogidos con pandilleras o expandilleras. Recuerdo que cuando dirigía Prensa Libre hicimos también reportajes sobre el tema y la conclusión terminaba siendo la misma: las patojas son en realidad víctimas, víctimas de las pandillas, pero víctimas de su propia realidad.

Donald Trump tiene metido a su país en un gran problema con su terquedad de querer construir un muro. Seguramente no se ha puesto a pensar que algunos papás conscientes de su realidad –hay otros que dejan en el abandono a sus hijos e hijas y eso facilita su llegada a las pandillas– así como jóvenes que sueñan con un mejor mañana, sin violencia y en libertad, seguirán viajando hacia Estados Unidos por más muros que puedan construir. El caso de Mirna muestra solo una parte de lo que puede llegar a suceder a cualquier miembro de las pandillas. El crecimiento de estos grupos juveniles es un reflejo del fracaso que tenemos como sociedad y como Estado. No se brindan oportunidades y la pobreza y marginación permanecen. A esos jóvenes es fácil venderles como oportunidad ganar dinero fácil extorsionando o asesinando. No lo digo para crear un sentimiento de lástima hacia la joven Mirna. Es para que veamos lo importante que es provocar cambios profundos en el país. Mientras continúen llegando gobernantes sin visión, sin interés real de promover cambios sociales, seguiremos viendo cómo esta cruda realidad persiste e incluso se agudiza.

Las pandillas no cesan, porque existe un caldo de cultivo que las alimenta…



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