Domingo 17 DE Febrero DE 2019
Opinión

Cómo debe ser un verdadero juez

Esta transformación del juez de árbitro en funcionario responde a los propios cambios que la misma sociedad ha sufrido.

— Roberto Blum
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En general se puede afirmar que los jueces deben ser personas moralmente maduras; es decir, personas que por su edad y experiencia de vida son capaces de percibir y valorar los hechos en razón de la justicia. Parece que originalmente el juez era simplemente un árbitro, aceptado por las partes que requerían sus servicios. Sin embargo, en el transcurso de la historia sus funciones y su carácter social han venido cambiando. Hoy, en muchos lugares los jueces son nada más una pequeña parte de un complejo sistema de gobierno. Se les ha convertido en funcionarios del Estado, reduciendo con ello su valor comunitario.

Esta transformación del juez de árbitro en funcionario responde a los propios cambios que la misma sociedad ha sufrido. Hemos pasado de los pequeños grupos y comunidades preagrícolas a las multitudinarias sociedades nacionales, industriales y postindustriales. Hemos sido testigos del nacimiento y el crecimiento del legendario “Leviatán” hobbesiano, y en consecuencia también de la aparición de nuevas formas de definir la justicia y a los mismos jueces.

Y si la función judicial ha evolucionado con el desarrollo de las sociedades, es evidente que en la actualidad observamos diversas tradiciones. Por ejemplo, se ha transitado de los tribunales de equidad a los tribunales de derecho; de los tribunales populares a los tribunales profesionalizados; de los jueces elegidos a los jueces nombrados; de los sistemas legales basados en decisiones judiciales previas, a los sistemas legales basados en la legislación estatal más o menos centralizada.

Sin embargo, la juez estadounidense Patricia Wald, recientemente fallecida, se preguntaba en un artículo de 1995: “¿Por qué escriben los jueces? ¿Por qué no damos simplemente el resultado en casos concretos y, según sea necesario, emitimos sentencias más amplias sobre lo que exige la ley?” Ella misma señalaba la razón: “Explicar por qué decidimos como lo hacemos es una de las pocas formas que tenemos para justificar nuestro poder”. Y más adelante: “Además, una opinión escrita muestra nuestro reconocimiento de que, bajo un gobierno de leyes, de un Estado de derecho, todas las personas tienen derecho a esperar que la ley se aplique a todos los ciudadanos por igual “.

Al final, la función del juez ya sea como árbitro o como funcionario del Estado, es tan importante que no puede estar sostenida solo en el carácter objetivo del puesto, sino que tiene sus raíces más profundas en el respeto y la dignidad de la persona que asume esa importantísima función social.

En palabras de una reconocida profesora norteamericana de derecho, “cada generación de juzgadores tiene unos pocos miembros selectos que proyectan una larga sombra en virtud de la persuasión de sus opiniones, el poder de su personalidad y el respeto que obtienen de sus pares en los tribunales y en la más amplia sociedad”. Afortunadamente en nuestros países también tenemos verdaderos y sabios jurisprudentes. ¡Escuchémoslos!

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