Domingo 17 DE Febrero DE 2019
Opinión

¿Diálogo o antidiálogo?

— editorial
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En Guatemala, todos llaman al diálogo, pero ninguno se quiere sentar con sus adversarios u oponentes a dialogar. O, en el mejor de los casos, algunos se quieren sentar a dialogar pero en sus términos, sobre los temas que les interesan y bajo sus condiciones irreductibles. Es decir que para ellos el diálogo debe ser condicionado y, bajo ningún punto de vista, espontáneo, libre, incondicional y abierto.

No hay interés en ceder y conceder en nada. Los potenciales dialogantes están atrincherados y están enrocados en sus posiciones. En realidad, nadie quiere hablar con nadie, lo que redunda en una suerte de antidiálogo. Todos quieren imponer sus enfoques, opiniones y visiones.

Por otro lado, la descalificación y la denigración han pasado a ocupar los espacios de la discusión seria y responsable. Aflora el odio y la confrontación. El discurso del rencor e injurioso brota por todos lados. Sin duda, el endurecimiento de las actitudes está haciendo imposible cualquier acercamiento o aproximación a la conciliación de intereses.

Muchos están llenos de pesimismo, negativismo e ira. Para ellos pareciera que no hay nada bueno en Guatemala, lo que no es cierto. Hay mucho bueno en nuestro país, comenzando por su gente, que es esencialmente emprendedora, trabajadora, justa y responsable. Asimismo, se ha venido construyendo una democracia republicana, que es imperfecta, sí, pero de nosotros depende mejorarla, no destruirla como anhelan los enemigos de la democracia y el crimen organizado.

Nuestra Constitución es un buen instrumento garantista y orientador de la conducta humana y social, que consagra los derechos fundamentales y los valores democráticos y republicanos, así como las competencias y funciones de los principales órganos estatales. Sin embargo, la defensa de la misma ha dejado mucho que desear.

Sin duda, deben fortalecerse las instituciones del sector justicia, así como el sistema político electoral, para asegurar la convivencia pacífica dentro de un régimen de legalidad y el pluralismo y la participación ciudadana en la toma de decisiones.

Nada ganamos con atacarnos, insultarnos y destruirnos los unos a los otros. La tolerancia y el respeto deben enmarcar nuestros pensamientos y nuestros actos. El bien común y la paz social deben ser nuestras máximas aspiraciones, que no se reduce al bienestar y la convivencia pacífica de unos y no de o con los otros.

De esa cuenta, son tiempos de conciliación de intereses y de armonía en la diferencia. Ojalá que todavía podamos ponernos de acuerdo por medio de los necesarios acercamientos e intercambios serenos y maduros, en aras de resolver nuestros problemas y de forjarnos un futuro de desarrollo integral y prosperidad. La alternativa son las vías de hecho y la lucha fratricida, que, afortunadamente, dejamos atrás el 29 de diciembre de 1996, con la Firma de la Paz.

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