Lunes 21 DE Enero DE 2019
Opinión

Indignarnos y ejercer nuestro derecho a la resistencia

Resistencia y rebeldía no son lo mismo pero sí cercanas.

— Maya Alvarado Chávez/La Cuerda
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En estos días de invocación, retorcimiento y ultraje de leyes, convenios nacionales e internacionales, vale la pena desempolvar artículos constitucionales, intencionalmente obviados por los artífices de la coyuntura que ocupa nuestra atención, mientras continúa el despojo, la acumulación, el hambre, la muerte de nuestra niñez en las comunidades o más allá de las fronteras.

Resistir y rebelarnos contra estas injusticias, además de una convicción de nuestro pensamiento, corazón y entrañas, es un derecho garantizado en el Artículo 45 del pacto social que “norma” nuestra convivencia: es legítima la resistencia del pueblo para la protección y defensa de los derechos y garantías consignados en la Constitución.

Más allá de la literalidad de conceptos, leyes y potestades de las instituciones, y del temor internalizado que padecemos, como cicatriz del terror heredado por años de militarismo, autoritarismo, represión y muerte, indignarnos frente a las injusticias no es solo un derecho, es una obligación que nos llama, un acto de dignidad que nos convoca.

Ejemplos de esa dignidad abundan, a pesar de ser invisibilizados por las elites que pretenden apaciguar nuestra rebeldía con insultos, discursos de odio, retorcimiento y manipulación de leyes e instituciones, o negando la historia. Quienes defienden la vida, el territorio, o cualquier derecho, son personas expuestas a la difamación, persecución, criminalización, asesinato o cárcel; tal es el caso de Abelardo Curup, muerto en prisión sin atención médica. O como las y los activistas sociales asesinados en 2018.

Resistencia y rebeldía no son lo mismo pero sí cercanas, ambas sugieren fuerza, valentía, “heroísmo”. No obstante, ambas son actos cotidianos para los que solo hace falta dignidad y decisión, y son asumidos por diversas personas en diferentes territorios, en Guatemala y el mundo. Para ejercerlas hay rutas: un primer paso es la movilización de la conciencia, que significa reflexionar nuestras acciones y realizarlas comprendiendo su contenido social y político, y la convicción de su necesidad. Movilizarse del silencio impuesto por los poderes donde quiera que ejerzan su control, en lo íntimo, lo privado y lo público. Movilizar el pensamiento y entender que no todo es blanco o negro; que hay muchos colores gracias a la luz y su espectro. Hacernos preguntas y preguntar, interpelar a los poderosos, a las realidades que nos atraviesan; cuestionar, y cuando corresponda, salir del espacio de confort.

Un ejercicio para ello puede ser acercarnos a las movilizaciones organizadas por distintos colectivos y articulaciones: el sábado desde el Obelisco a las 12 del día, junto a colectivos artísticos; el lunes 14 y martes 15 en todo el país, junto a diversas organizaciones sociales. Colocar rastros de nuestra indignación en lugares visibles.

Accionar, no solo contra la impunidad y corrupción, convertidas en políticas de Estado. Rebelarnos contra todo aquello que controla, manipula y niega la plenitud y la alegría. Recuperar la noche como tiempo de encuentro, celebración y descanso; saludar al día y la tierra como referencia y vida, la libertad como horizonte, y también como camino.

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