Jueves 18 DE Julio DE 2019
Opinión

Bienvenido, Mr. Marshall

Una película que puede representar la realidad de Guatemala.

Fecha de publicación: 14-12-18
Por: Gonzalo Asturias Montenegro

Podríamos quedarnos vestidos y alborotados, al igual que le ocurrió a un pueblo de España, retratado en la película Bienvenido, Mr. Marshall, si no prestamos atención y ponemos los pies sobre la tierra, con relación a la petición que el nuevo Presidente de México realizó a la Administración de Trump, para que esta realice un mini-Plan Marshall para el Triángulo Norte de Centroamérica.

Primero, riámonos un poco con el guión de la película, llena de humor, para vernos luego en ese espejo, con el objeto de no caer de ilusos o de pendejos. En política, lo más fácil es caer de pendejo. ¡Los guatemaltecos caímos de pendejos eligiendo a los gobiernos de triste memoria de la UNE, del PP y de La Tropa Loca!

Bienvenido, Mr. Marshall es una película estrenada en Madrid en 1953, en la que retrata a Villar del Río, un pueblo andaluz, a cuyos vecinos les informaron que, en una fecha determinada, llegaría una delegación de diplomáticos estadounidenses ligados al Plan Marshall. Con poco realismo y mucha imaginación, los pobladores de Villar del Río pensaron que tendrían la gran oportunidad de deslumbrar a los diplomáticos norteamericanos, y, a la vez, de convencerlos de que le dieran ayuda al pueblo, en un mini-Plan Marshall.

Inmediatamente que los vecinos conocieron la noticia, mandaron a confeccionar vestidos andaluces (ya en desuso) para todos los pobladores, contrataron a un bailador de flamenco, y empezaron a adornar al pueblo.

Los vecinos de Villar del Río también empezaron a soñar. Un campesino sueña con que le tiren en paracaídas un tractor para arar su tierra; el cura se imagina que los cucuruchos de Semana Santa, con sus largos capirotes triangulares en la cabeza, se podrían transformar en miembros del Ku Klux Klan, quienes a ritmo de jazz irían al Comité de Actividades Anti-Estadounidenses; en tanto que el alcalde sueña que un saloon hay un bronco pleito de vaqueros al estilo del oeste americano. En realidad, el pueblo entera sueña.

El día previsto para la llegada de los diplomáticos norteamericanos, todos los vecinos están en la calle estrenando sus trajes andaluces, en un pueblo puesto de punta en blanco. La algarabía se enciende cuando en lontananza se ven los autos de la comitiva de los diplomáticos que, para estupor de todos, siguen su camino, y no se detienen en Villar del Río.

La película de Luis García Berlanga, que obtuvo reconocimientos internacionales, simboliza a esa España que, por tener a Franco como dictador, se quedó fuera del Plan Marshall, que pasó como los autos de los diplomáticos norteamericanos. El filme, que está lleno de buen humor, podría también ampliarse de España a nosotros, abarcando nuestros sueños de un Mini-Plan Marshall para el Triángulo Norte de Centroamérica, como cura milagrosa para todos nuestros males.

En realidad, nosotros somos ya chucho apaleado en portillo ajeno porque sufrimos el engaño de La Alianza para el Progreso, que creó la pesada carga de una deuda externa que fue muy dura de pagar, por un dinero que se prestó festinadamente a los gobiernos, quienes no lo gastaron de forma proba y eficiente; y más recientemente, quedamos desilusionados por el fiasco del Plan Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte (PAPTN), que, más pronto que tarde, se desinfló de un solo silbido, peor que un cachinflín.

Una verdadera prosperidad sustentable para el Triángulo Norte de Centroamérica no vendrá de ningún Plan Marshall, sino solo como resultado de inversiones privadas que creen puestos de trabajo, del montaje de fábricas, que tanto ellas como sus trabajadores paguen impuestos, y en las que los laborantes tengan acceso al seguro social, al Irtra y a otros beneficios sociales. Lo demás son sueños como los de que caerá un tractor en paracaídas.

Para atraer capital para las regiones más pobres del país, el Congreso podría emitir una ley de incentivos diversos, por ejemplo, de exoneración del pago de impuesto sobre la renta durante diez años, para las nuevas empresas que se establezcan en los diez municipios más pobres del país, y que, al menos, contraten 50 trabajadores permanentes.

Claro, y aquí empieza la tarea difícil, que habría que atraer capitales anunciando, con bombos y platillos, que en el país hay seguridad y que en las carreteras no existe el robo de furgones; que no hay retenes en los caminos que encarezcan los costos y que den mil y un dolor de cabeza a las empresas; que en el país hay certeza jurídica; que no habrá más paquetazos fiscales con cada gobierno, como ha ocurrido hasta ahora; que la devolución del IVA, si lo hubiere, será pronta y transparente, sin necesidad de que un tal Felipao cobre comisiones por ello; y, finalmente, que si hay necesidad de hacer consultas populares para el establecimiento de las empresas, estas se realizarán con rapidez y sin sesgos políticos.

Bueno, este verdadero plan de desarrollo sustentable pasará de largo, como aconteció con la comitiva de los diplomáticos en Villar del Río. No habrá aquí tractores cayendo en paracaídas ni cucuruchos transformados en miembros del Ku Klux Klan. Entendamos, de una vez por todas, que aquí no hay condiciones para la inversión extranjera. Esta se va a otros países que no apesten a ingobernabilidad y a inestables reglas del juego.

Adiós, Mr. Marshall.

gasturiasm@gmail.com