Domingo 15 DE Septiembre DE 2019
Opinión

Mudanza en la vecindad

López Obrador, presidente de México.

Fecha de publicación: 03-12-18
Por: Édgar Gutiérrez

 

México nunca dejará de ser importante para Guatemala. Con 965 kilómetros limítrofes, es nuestra principal vecindad y aunque las vecindades suelen ser problemáticas, pues arrastran historias centenarias de disputas territoriales y recelos por la seguridad, por otro lado, la frontera social en el noroccidente es densa e intensa. El tema crucial en la relación bilateral es la migración prohibida, dramática y desbordada de millones de descamisados desde el Sur (incluyendo unos 3 millones de guatemaltecos) buscando desesperadamente, detrás de la siguiente frontera, más al Norte, las oportunidades que les niegan sus países.

Entre las angustias conservadoras y las altísimas expectativas del pueblo mexicano, el sábado 1, Andrés Manuel López Obrador asumió la presidencia de la República. Su arrollador triunfo (30 millones de votos, equivalentes al 53 por ciento, y el dominio de ambas cámaras del Congreso de la Unión) es también reflejo del fiasco del sistema político anegado en corrupción e impunidad, que condena a la nación a una violencia atroz y a la miseria de la mayoría. Desde la ruptura del régimen septuagenario del PRI en el 2000, a ningún presidente se le confió un mandato popular tan amplio.

Los fracasos de la promesa democrática en el hemisferio ya no se sentencian con manotazos castrenses, como en el siglo XX, sino con salidas de pánico en las urnas. Brasil, con Bolsonaro, es un ejemplo en el otro espectro ideológico. Lo que está ocurriendo en nuestros países no es una alternancia sana de opciones políticas democráticas. Se echa mano desesperadamente a la última carta –sea izquierda o derecha radical- buscando sacudir un sistema político indiferente, regodeado en sus fiestas y derroches. Por eso las ineficiencias del régimen que asfixian a los pueblos, se asocian ahora de manera tan directa a la grosera corrupción e impunidad de las elites gobernantes.

El gobierno de López Obrador puede ser una oportunidad para Guatemala, pero depende de dos cosas; aunque, con el gobierno y Congreso que sufrimos, la primera está descartada: claridad de objetivos y medios. Por eso tendremos que depender, al menos durante un año, de la propuesta que pueda levantar México. Los bocetos iniciales de política, como era de esperarse, le apuestan al desarrollo, pero falta un diseño estratégico audaz que descarte intensificar la fórmula que nos ha llevado al fracaso: hacer “más de lo mismo”, por ejemplo, el Plan Alianza para la Prosperidad que demandaba US$20 mil millones de financiación.

Previsiblemente López Obrador le dará prioridad al desarrollo del sureste mexicano y su receta podría compartirla hacia el Sur, para su adaptación. Pero cada país deberá pagar su propio plato. Como están las cosas en la Casa Blanca, una suerte de plan mini Marshall no es una apuesta inmediata. Europa ya no está boyante como hace veinte años cuando fondeó el Plan Puebla Panamá, que, de todos modos, para nada sirvió: US$5 mil millones de España permanecieron ociosos, hasta que los retiraron. Además, sinceramente, más allá de la inercia de la cooperación internacional, cuyo rol es de pequeño gancho político, ¿quién en sus cabales le fiaría un centavo a Jimmy Morales o a Juan Orlando Hernández, a Daniel Ortega o Rosario Murillo? Guste o no la financiación sana y sostenible del desarrollo dependerá de la salud de la CICIG y del fortalecimiento de las instituciones contraloras del poder político. Mientras, lo que se puede hacer es muy modesto.