Domingo 9 DE Diciembre DE 2018
Opinión

La revolución “Trump” prosigue su curso

Pero con algunos retoques.

— Armando de la Torre
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Los Demócratas recuperaron en control de la Cámara baja, la encargada exclusiva del entero presupuesto federal, lo que entrañará muy probablemente que se demore o se suspenda la construcción del muro antiinmigrantes ilegales en la frontera sur con México. Pero el Senado permanece en manos Republicanas, lo que promete una mayor estabilidad a largo plazo en lo que más importa: el poder de dispensar justicia.

Dicho de otra manera, se le ha dado otro respiro al corto plazo al Establishment Atlántico, el barómetro universal desde 1945 de lo políticamente correcto, y surgido tras la derrota demoledora de los totalitarismos a manos de las democracias occidentales con el final de la Segunda Guerra Mundial.

Pero otra revolución no menos significativa al largo plazo parece ser la muy reciente protesta de Trump, y también simultáneamente en ambas riberas del Atlántico, al reforzar los republicanos ese su control del Senado, el poder legítimo a cuyo cargo queda exclusivamente la designación o aprobación de magistrados y jueces a escala federal.

Lo cual confirma la escisión fundamental del Occidente otrora cristiano entre partes casi iguales numéricamente: la de los renovados propulsores del Estado de Derecho frente a los nihilistas militantes, para quienes en el mundo de los valores todo vale por igual.

El máximo desafío de nuestros días.

Lo más intrigante hoy nos es que ese movimiento estabilizador en nuestro hemisferio lo encabezan individuos carismáticos y de carácter rudo, mientras que lo opuesto responde más bien a movimientos de masas anárquicas y sin claridad conceptual alguna, o sea las contagiadas de un relativismo universal.

Pero si la historia nos ha enseñado algo nos queda claro que los individuos de convicciones firmes siempre terminan por imponerse a las masas amorfas y sin rumbos conceptuales sólidos.

Trump en dos años se ha mostrado inesperadamente como suele suceder en cuanto uno de tales protagonistas de la historia. Algo también muy parecido acaece desde hace poco tiempo entre las naciones-Estados del Oriente europeo. Y por lo cual, no menos surgido de la nada lo mismo empieza a asomarse, reitero, en el país por antonomasia de la samba y de la dolce vita, nuestro polícromo Brasil.

Tiempos de veras estimulantes, pues se insinúan como los estertores del parto de un mundo nuevo y viejo a la vez.

Pero ¿de cuál catadura? ¿Autoritaria o democrática? ¿Iluminadora o enceguecedora?…

Por ahora, todavía nos resulta algo nebulosa, como cualquiera otra corriente que vislumbramos agitarse bajo el prisma digital de la tecnología contemporánea.

Sin embargo, repito, si de algo nos puede valer la historia universal, no son las masas alocadas tras el placer y sin control de sus conciencias las que siempre terminan por imponerse, sino todo lo contrario, los individuos de perfiles definidos aun cuando adustos. En tal supuesto, el futuro inmediato se me antoja pertenecer a los Trumps de cualquier latitud geográfica.

Esto último se puede interpretar como la revancha del sentido común ante las lucubraciones filosóficas de los mejor instruidos universitarios.

Y lo que más me llama la atención de estos vuelcos repentinos es que en la era de los vuelos espaciales y de las comunicaciones instantáneas el eterno drama entre lo bueno y lo malo se desenvuelva ante nuestros ojos atónitos de manera igual que todos aquellos otros mundos que nos han precedido: pues las personalidades de carácter siempre terminan por arrastrar por el lodo a la multitudes hedonistas y a sus caudillos, aunque a precios humanos a veces intolerables. Tal, por ejemplo, como el de las epidemias contemporáneas de los opiáceos en el osadamente llamado mundo más desarrollado.

¿O acaso ya nos hemos olvidado de los tiempos de nuestra infancia, aquellos de las purgas soviéticas o del de los campos de concentración de Hitler?

No creo, por otra parte, que esos deprimentes espectáculos estén de nuevo a la vuelta de la esquina. Más bien creo posible todo lo contrario, un mundo más apacible pero también seducible por la retórica varonil de cualquier caudillo muy seguro de sí con el suficiente sentido común igual al de quienes se ganan el pan diario con el sudor de sus frentes.

O sea, cuestión de carácter.

Pero lo que más atónito me deja es que los Trumps y los Bolsonaros hayan florecido en el océano tan licencioso y proclive al ocio de las masas poco perseverantes y de escasa voluntad espontánea para el autosacrificio. Masas, por otra parte, paradójicamente las más letradas en sus localidades respectivas.

La cultura de las masas, entonces, ¿a remolque de los tirones de cualquier bocón?

Sí y no, como si la historia fuese regida por un sino caudillista fatal, de personalidades arrolladoras como lo reconociera el historiador británico Thomas Carlyle, y que nos hacen pagar las licencias gratuitas del hoy con los golpes dolorosos del mañana.

Y si no queremos ahora tal mañana, mejor aprestémonos a consolidar nuestros valores individuales de sentido común, que incluyen los de familia y civismo.

Así también se puede entender ese énfasis inesperado de Trump en el “norteamericano olvidado”, aquel forjador de las revoluciones industriales y de la agricultura súper eficiente durante los últimos dos siglos, los que domesticaron la furia de los vientos y el calor de las máquinas que resultaron en hacer a Norteamérica “grande” por primera vez.

Tiempo de Adviento, tiempo de reflexión.

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