Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
Opinión

De las izquierdas y las derechas

Las ortodoxias extremistas y su inclinación a excluir otras luchas de poder.

— Carol Zardetto
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La manera más común de entender esos complejos y cambiantes conceptos de “izquierda” y “derecha” derivan de la teoría marxista y están vinculados fundamentalmente a la economía. Los dueños de los medios de producción son quienes ostentan el poder. Por eso, la izquierda intenta que los medios de producción sean colectivos completamente (en las versiones más radicales), o que esta propiedad tenga pesos que la obliguen a cooperar con el bien común: pago de salarios dignos, impuestos proporcionales, restricciones diversas a la voracidad del capital.

A lo largo de la historia, sin embargo, se ha comprobado que el ejercicio de la hegemonía es complejo y daña de muchas maneras. Es famosa la frase que ejemplifica su intrincada madeja de hilos: “hombre blanco heterosexual y cristiano”.

La palabra “hombre” es el eje de la estructura patriarcal. Dentro de las sociedades machistas, las mujeres están sujetas a un poder aplastante y violento. No tienen (o no tenían) acceso a su representación como ciudadanas, acceso al patrimonio o al trabajo. Son enteramente dependientes de la estructura protagonizada por el hombre. Además, se ha evidenciado el abuso que sobre el cuerpo de la mujer manejan los hombres a cargo. El movimiento “Me Too” ha logrado movilizar miles de votantes en la última elección de Estados Unidos intentando cambiar el mapa del poder patriarcal.

La palabra “blanco” ejemplifica la naturaleza racista de la hegemonía política y económica. De hecho, es una consideración que se convirtió en eje de las colonias que, mediante la supremacía racial, justificaban la explotación. Pero el racismo no afecta solamente la economía. Desea aplastar la cosmovisión, las prácticas culturales y otras vertientes de la identidad de los pueblos. Lleva al exterminio.

La heterosexualidad se impone como una norma sobre el cuerpo y el deseo del otro. Y la discriminación de quienes se salen de esta normativa atraviesa ambas ideologías, generando supresión, violencia y exclusión.

El cristianismo como religión hegemónica, se ha venido convirtiendo en un instrumento de poder político. Bajo la presunta noción de ser mayoría, pretende imponer una moralidad homogénea que deriva en políticas públicas para satisfacer a las masas fanáticas, sin considerar que atropellan la libertad de consciencia. Ambas ideologías han aprendido a utilizarla para imponer regímenes fascistas.

Si algo une a las izquierdas y derechas extremas, rígidas, sin voluntad evolutiva, es ignorar y hasta desprestigiar estas luchas que son expresión de la diversidad humana. De esta manera, se convierten en expresión no de la igualdad real y del bien común, sino de la exclusión y, eventualmente, de la homogeneización que sirve a la centralidad del poder. De este punto a la tiranía, no hay más que un paso.

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