Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Un trofeo de karate y el mérito

“Papá dice que somos especiales”.

— Luis Figueroa
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Era un niño como de siete, u ocho años. Entró a la fiesta en casa de mi hermano con su karategi, o algo así, y con un trofeo en su mano. Cuando se acercó a saludar, le dije: “¡Ganaste un trofeo!”, y el patojito, con cara de fastidio me contestó: “Nos dieron a todos”.

A su corta edad, ese chiquillo sabe que un trofeo tiene valor si uno se lo ha ganado; y que carece de valor si todos los participantes reciben uno independientemente de los resultados de su desempeño.

Hace poco leí que, durante los Juegos Olímpicos de la Juventud, en Buenos Aires, no hubo medallero oficial, no por error, sino porque la idea era “celebrar por igual el esfuerzo de todos los atletas”. Me recordó una escena de Los increíbles en la que Dash le dice a su madre: “Papá dice que somos especiales”; y Helen le contesta: “Todo el mundo es especial, Dash”. Y Dash murmura: “Esa es sólo otra forma de decir que nadie lo es”.

Es cierto que el verdadero valor de ganar una competencia no está en derrotar a otros, sino en superarse a uno mismo; pero, ¿qué clase de sociedad estamos construyendo cuando se recompensan los méritos de igual forma que los resultados? La respuesta nos la da F. A. Hayek.

“Una sociedad en la que se estatuyese la posición de los individuos en correspondencia con las ideas humanas de mérito sería el polo más diametralmente contrario a la sociedad libre. Sería una sociedad en la que se recompensaría a los hombres por las obligaciones cumplidas en vez de por el éxito; una sociedad en la que cada movimiento individual vendría guiado por lo que otras gentes pensasen, y en la que cada persona se vería relevada de la responsabilidad y del riesgo de la decisión”. En una sociedad así “destruiríamos los incentivos que permiten a los hombres decidir por sí mismos lo que deben hacer”. Y añade que el determinante de nuestra responsabilidad es la ventaja deducida de lo que otros nos ofrecen, no su mérito al proporcionárnoslo. Al contrario, en una sociedad libre esperamos ser recompensados por lo que valen nuestras acciones y no por nuestro mérito subjetivo.

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