Domingo 15 DE Septiembre DE 2019
Opinión

Cuando el fascismo avanza

Guatemala se une al estrepitoso coro de odio universal.

Fecha de publicación: 26-10-18
Por: Carol Zardetto

La palabra fue acuñada por Mussolini quien ofrecía devolver a Italia el viejo esplendor del imperio romano. La fórmula fascista para lograr el supuesto esplendor que apela al patriotismo, a la soberanía, como valores absolutos, es el totalitarismo. Un poder estatal que no tiene freno, control o límite. Es decir, una estructura donde el gobierno usa y abusa del Estado para someter a sus ciudadanos. Debido a que se impone por la fuerza, sin procurar consensos, requiere de suficiente capacidad de represión. Esta represión requiere altas dosis de militarismo. Un Estado que concentra el poder, sin ninguna garantía para sus ciudadanos a quienes reprime por medio de un creciente militarismo es un Estado totalitario.

¿Y cómo hacen los gobiernos totalitarios para que los ciudadanos accedan a rendir y renunciar a sus derechos civiles? Pues elaboran propaganda. La propaganda son mensajes simples, la mayor parte de veces mentirosos, que cuando se repiten muchas veces, lucen como prístinas verdades. Así pues, el uso flagrante y sin pudor de la mentira por los gobiernos es síntoma del avance del fascismo.

Otra herramienta fascista es crear enemigos fácilmente identificables por las masas sin criterio. Uno de los favoritos es “la izquierda”. Pero también ha habido otros: “los judíos” o cualquier otro estigma racial. A este enemigo se le convierte en una categoría: todos “ellos” son ladrones, haraganes, comunistas etcétera. La gente se traga el veneno con sorprendente facilidad. Pronto repiten como loros aquellas sandeces y sale a relucir toda su ira reprimida, toda su maldad escondida.

El fascismo también apela a los valores conservadores: la familia tradicional, la religión. Por supuesto, no se trata de valores sentidos. Se trata de una apariencia tiránica. Si uno no casa en esos “valores” todo el odio popular cae sobre uno con cristiana eficacia. Los líderes del fascismo pueden tener las manos llenas de sangre, o los bolsillos llenos de dinero del pueblo, pero se manifiestan profundamente cristianos y el populacho se traga la hipocresía con utilitaria y aparente puerilidad.

El fascismo apela al odio colectivo. Lo enfoca, lo dirige, lo manipula. La gente se siente llena de energía por esa ira salvadora. Se sienten destinados a limpiar el mundo de la basura: izquierdistas, homosexuales, reaccionarios, libre pensadores, feministas, demócratas, indios, gente que critica al gobierno, gente que se viste sin recato, gente que piensa. No en balde la divisa fascista por excelencia es: ¡muera la inteligencia! El fascismo ha llevado a la humanidad, varias veces, al holocausto, a la destrucción, al horror. Y, por esa curiosa perversión de las cosas, une en un formato idéntico a la extrema derecha y a la extrema izquierda, ambas dogmáticas, necesitadas de uniformar el pensamiento humano para concentrar poder. Totalitarismo es violencia.

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