Domingo 22 DE Septiembre DE 2019
Opinión

Guatemala: año 2033 (Parte II)

¡En poco más de una década habíamos logrado dignificar el servicio público!

Fecha de publicación: 20-10-18
Por: Carlos Colom

 

En mí última columna comenté cómo sin darme cuenta del paso del tiempo, había despertado en el año 2033 y me había impactado el avance hacia positivo que había tenido Guatemala en los últimos 15 años. A primera vista, de lo más impactante era ver los resultados que un cambio profundo en el modelo de desarrollo de carreteras había tenido en el país. La Ley General de Infraestructura Vial, aprobada allá en el año 2019, había logrado que tuviéramos el sistema carretero más moderno de toda la región. El combate estructural a la pobreza y la pobreza extrema había logrado disminuir sus niveles a una cuarta parte de los niveles de 2018, y la economía crecía a ritmos de doble dígito desde hace muchos años. ¿Qué había sucedido? Pude concluir que fue fundamental que los servidores públicos, en todas las ramas de los tres poderes del Estado, cada día estaban mejor preparados y llegaban con la mentalidad de hacer una carrera digna y bien remunerada como servidores públicos.

El que la mejor gente se interesara no había ocurrido por arte de magia. Si bien en 2019 se había dado un movimiento espontáneo de gente honrada, pero principalmente con capacidad para resolver problemas, que había tomado la decisión de involucrarse en el servicio público, conforme el paso del tiempo habíamos entendido como sociedad que esto se debía institucionalizar. Comprendimos que así como los equipos deportivos, las empresas y cualquier otra entidad busca y retiene al mejor talento humano para tener la mejor oportunidad de trascender, el administrar un país no era la excepción. Entre otras cosas, se reformó la Ley de Servicio Civil y la Electoral y de Partidos Políticos, se renegociaron pactos colectivos, reglamentos internos y manuales de puestos, se implementaron programas de retiro voluntario y se eliminaron privilegios perversos de tal forma que toda la estructura laboral se basara en la eficiencia y el mérito. Es decir, el sistema atraía y premiaba a los mejores, el modelo se autodepuraba y expulsaba a los haraganes y a los corruptos. Los que no estaban bien preparados se veían tan mal que ellos mismos preferían salir del sistema. El esprit de corps era tal que antes de seguir haciendo el ridículo, los que no “daban la talla” abandonaban el barco para el beneficio de los que sí querían remar con fuerza y disciplina en la dirección del desarrollo colectivo. A los médicos, enfermeras, maestros, policías, secretarios, ministros, diputados, jueces, etcétera, no solo se les pagaban salarios competitivos, dignos de los puestos y responsabilidades, sino que la sociedad celebraba sus éxitos, que se entendían como éxitos del país y la colectividad. Los veían como héroes. Se habían tomado decisiones difíciles. Con valor. Al inicio hubo algunas manifestaciones de rechazo por los que vivían del statu quo, pero no pasaron a más… A los funcionarios que estaban allí para resolver problemas y tomar decisiones nunca les apareció el eternamente temido fantasma del “desgaste político”, al contrario, la mayoría de la gente agradeció que se tomaran decisiones de impacto positivo para las mayorías, fueran las que fueran. Así como Juan Carlos el Pin Plata no jugaba fútbol para ser popular con la gente, sino era popular con la gente porque jugaba bien y hacía su trabajo en la cancha, los funcionarios públicos habían entendido el concepto de “causa y efecto”. Además, se les recordaba constantemente que no estaban participando en un concurso de popularidad, estaban allí para resolver. ¡En poco más de una década habíamos logrado dignificar el servicio público! Este fue uno de los elementos más importantes que había permitido lograr tantos avances para el país.