Martes 25 DE Junio DE 2019
Opinión

La ciencia, un extraordinario invento

Evidentemente la ciencia está permitiendo conocernos cada vez mejor.

Fecha de publicación: 13-10-18
Por: Roberto Blum

Parece evidente que el conocimiento del entorno es necesario para sostener la vida, sea esta del tipo que sea. Todos los seres vivos –animales, vegetales, hongos, protistas o móneras– de alguna manera responden a las condiciones variables de su ambiente. Esa capacidad les permite adaptarse y por consiguiente es condición indispensable de su supervivencia.

Los animales, entre ellos nosotros mismos, hemos desarrollado ciertas habilidades particulares, que nos han servido en el esfuerzo constante de mantener funcionando nuestros organismos frente a la inevitable erosión que el correr del tiempo ejerce sobre todo lo existente. Nada escapa al desgaste temporal. Los primates, el grupo animal al que pertenecemos, desarrollamos un conjunto de elementos que, integrados unos con otros, han sido la base para que nuestra especie se haya liberado, con una extraordinaria rapidez, de los estrechos confines que la naturaleza les impone a todos los vivientes. En los últimos dos siglos, hemos llegado a creer que nuestra especie no tiene límites temporales ni espaciales. Parecería que a nosotros todo el universo nos está abierto.

La visión estereoscópica, el pulgar oponible, un cerebro enorme y una laringe más bien baja, que permite emitir múltiples sonidos y así construir el lenguaje, nos han permitido cooperar y construir sociedades tecnológicas complejas, transmitir los conocimientos adquiridos a través del tiempo y el espacio, y crear poderosas extensiones de nuestros cuerpos, de nuestros sentidos y más recientemente también de nuestras mentes.

Quizás uno de los acontecimientos recientes más fructíferos fue el invento, hace unos cuatrocientos años, de lo que ahora conocemos como el método científico: observación, inducción, deducción y experimentación como método general que rige la acción de la comunidad internacional de científicos, que también surgió hace apenas unos cuatro siglos. Hoy, la cada día más grande y compleja comunidad científica mundial se plantea problemas y se formula preguntas a las que cree ser capaz de encontrarle respuestas siempre provisionales, pero asintóticamente más cerca de representar las estructuras y el funcionamiento de los innumerables objetos físicos, biológicos y sociales que podemos observar, medir y experimentar.

Por ejemplo: Daniel Kronauer, científico de la Universidad Rockefeller, ha logrado identificar un modelo por el cual la conducta de las hormigas, en condiciones controladas, permite a los científicos la oportunidad de explorar el origen y la evolución de las sociedades animales. “Su sistema es increíblemente prometedor para cualquier persona que quiera estudiar el comportamiento social”, dijo Corina Tarnita, profesora asociada de ecología y biología evolutiva en la Universidad de Princeton, quien ha trabajado con termitas y comunidades microbianas.

Ahora se puede preguntar y responder con datos duros cuáles son los ingredientes básicos y las operaciones elementales que la naturaleza ha usado repetidamente para producir sociedades, estemos hablando de hormigas, termitas, pingüinos, bonobos o incluso de las primeras sociedades humanas. Evidentemente la ciencia está permitiendo conocernos cada vez mejor.

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