Sábado 20 DE Octubre DE 2018
Opinión

Los vientos están contra la democracia

Todo para que no nos movamos del metro cuadrado que se impone.

— Renzo Lautaro Rosal
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Uno de los grandes peligros actuales a nivel global, es el ascenso vertiginoso de los gobiernos de extrema derecha. Hungría, Austria, Países Bajos, Filipinas, Italia, Suiza, Dinamarca, son algunos ejemplos; pero también tienen papel “destacado” en Grecia, Israel, Francia, Alemania, Estados Unidos. Los resultados electorales en Brasil (pendiente de la segunda vuelta para efectos formales), dan como virtual ganador a Jair Bolsonaro, ejemplo del nuevo fascismo.

Esa tendencia creciente, que se caracteriza por la defensa de las acciones cuasi-dictatoriales, promotoras del sexismo, las prácticas xenófobas y racistas, están en franco proceso de reproducción y consolidación. No lejos de esas manifestaciones y con ansias de acercamiento, se encuentran los proyectos políticos tipo Guatemala, que promulgan prácticas de derecha extrema pero carecen de contenido; van de coyuntura en coyuntura, aprovechando las oportunidades que se presentan.

Las expresiones autoritarias en ascenso son absolutamente peligrosas porque crean un fenómeno de limpia-todo. Buscan aniquilar los valores democráticos, la institucionalidad, las normas establecidas, los procesos de construcción de ciudadanía, las expresiones de democracia desde abajo; son anti-dialogantes, arbitrarias, cautivan a las masas poco o nada formadas, propugnan el aniquilamiento del pensamiento crítico, la libre emisión del pensamiento, la generación de ideas. Se valen de grupos, aparentemente formados, para irradiar falsos imaginarios (tipo los llamados constitucionalistas que al unísono y al ritmo de las botas, se han unido al coro que vocifera contra la Corte de Constitucionalidad, por ejemplo).

Valores democráticos, tales como solidaridad, pluralismo, justicia social, tolerancia, igualdad, respeto, bien común, legalidad, justicia y participación, se están yendo, peligrosamente, por el caño. El círculo de la intolerancia es el primer rasgo que ha hecho su aparición. Se está creando un cerco a las críticas, al análisis, a los cuestionamientos. Todo para que no nos movamos del metro cuadrado que se impone. Pensar está en camino a ser delito; solo queda repetir como loros las narrativas que se imponen porque salirse de esos carriles implica perder espacio, ser rechazado, perder el trabajo. Se refuerza el adelgazamiento del pensamiento y el debilitamiento del sentido crítico, cuando vemos desfilar a personajes cuestionables y que responden al pasado como parte del muestrario electoral para las elecciones de 2019: vendedores de humo, desafiantes de la democracia, portadores de visiones retrógradas y marcadamente autoritarias.

La actualidad, que transcurre entre lo grotesco y lo dramático, genera incentivos para que autoridades, como J. Morales, utilicen los espacios públicos que tienen a su alcance para escupir sin razón y desarmen la frágil democracia que con muchas dificultades se ha logrado generar. Lo peor de todo, es que la dinámica global cautiva a parte de las nuevas generaciones y aprovecha los procesos electorales para reproducirse en tiempo y contenido.

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