Sábado 20 DE Julio DE 2019
Opinión

“Las carreteras no se comen”

Hemos perdido 20 años de infraestructura.

Fecha de publicación: 10-10-18
Por: Rodolfo Neutze

 

Esta triste frase utilizada hace un par de décadas en una campaña política no es exclusiva de Guatemala. Si se usa un buscador de internet aparece que se usa con frecuencia para desvalorizar cualquier esfuerzo de un gobierno por el equipo de gente que los quiere sustituir. Más allá de la posible gracia que el juego de palabras pudiera dar, en realidad en nuestro país estamos pagando las consecuencias de esa visión de corto plazo que piensa que invertir en infraestructura vial es “caro” o innecesario.

Hasta hace unos pocos años la palabra y el problema “tráfico” era una exclusividad de los vecinos de la Ciudad de Guatemala. Hoy, debido al crecimiento poblacional, al modesto incremento de la urbanización del interior del país, pero sobre todo al abandono total del MICIVI, hemos logrado democratizarnos y miles de guatemaltecos han descubierto en carne propia que significa y que cuesta estar metido en un atranco. Si analizamos más a profundidad vemos que la falta de infraestructura vial no solo afecta lo económico sino, tal vez lo más importante, el tejido social de nuestro país. Es obvio y palpable que miles de motores encendidos que no movilizan a sus vehículos parados significa un sobreprecio que se da parejo para particulares y comerciales. Más difícil de medir es el tiempo perdido, ya sea de las personas o de los recursos. Alguien que pierde horas diarias en tráfico no va a ser productivo, mucho menos feliz. Y los vehículos comerciales que pudieran abaratar el transporte de cualquier mercadería, al tardarse más en cumplir su labor dejan de ser baratos y por lo tanto este problema lo para pagando en el precio el consumidor. Estas externalidades se resuelven fácilmente por la ley de la oferta y la demanda que, a través de los precios de transporte, empleo, gasolina, etcétera, regulan y corrigen nuestra falta de visión nacional de invertir en infraestructura. Pero, a mi opinión, el costo más alto atribuible al tráfico no lo estamos midiendo, pero si nos afecta de una manera terrible. Todos nosotros, ya sea en carro propio, taxi, autobús o transporte comercial, debemos considerar salir antes para llegar a cualquier lugar dentro de nuestra república. Si no es la congestión, son los baches, son las calles angostas, etcétera, etcétera. Esto hace que restemos tiempo a otras actividades, lo que nos hace menos libres de nuestro tiempo. Y todos sabemos que, al tener menos tiempo libre, quien paga la cuenta es la salud y la familia. Tenemos a una sociedad que no tiene tiempo para el esparcimiento por culpa del tráfico y vamos a pagar millones de quetzales en el área de salud cuando los efectos del estrés y la obesidad empiecen a cobrar vidas de los hoy jóvenes. Y en la base de cualquier sociedad, la familia, ya estamos pagando la desintegración por culpa del tráfico. Cuantos niños están creciendo sin la correspondiente supervisión familiar por que sus seres queridos madrugan y anochecen movilizándose hacia y desde su trabajo. Estamos permitiendo que el internet sin moderación y las malas juntas eduquen a nuestras futuras generaciones, lo que es tierra fértil para que crezca ese terrible mal llamado mara.

Estamos a escasos meses de que empiece nuestra campaña política para renovar autoridades. Contrario a lo que se dijo hace dos décadas, hoy como sociedad educada a la fuerza de baches y tráfico inaguantable, debemos exigir que, aunque es cierto que la infraestructura no se come si es fundamental para aliviar las cargas de nuestra vida. Exijamos políticos con planes específicos de cómo van a trabajar por el bien común a través de mejores carreteras, eficiente transporte público y un plan de vivienda que nos permita no solo vivir cerca de nuestro trabajo y de la educación de nuestros hijos, sino que contemple nuestro sano y merecido esparcimiento.

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