Lunes 22 DE Julio DE 2019
Opinión

Las responsabilidades y los tiempos

Hacer caso omiso de la razón y de las tradiciones sería una receta segura para desembocar en el desastre.

Fecha de publicación: 06-10-18
Por: Roberto Blum

Cuando echamos una mirada al pasado lejano, podemos observar que el ritmo de los cambios en la vida era lento, a veces muy lento. Alguien nacido en el año mil de nuestra era viviría de una manera muy semejante a otro nacido 500 años después. En cambio, una persona que nació en 1900 habría vivido de manera radicalmente distinta que sus congéneres, nacidos cien años antes o cien años después. Sin duda, el ritmo de cambio de los tiempos se ha acelerado radicalmente. Nunca ha sido más cierta la frase tempus fugit.

Es obvio que todo pasa, todo cambia velozmente, y sin embargo parece mantenerse un deseo de permanencia, una resistencia a la irremediable erosión que Cronos impone a todos sus hijos. Hoy a esto lo llamamos entropía. Y es contra ella contra lo que toda organización lucha permanentemente. Todos los seres organizados de manera compleja luchamos contra la desorganización y la desintegración que el paso del tiempo nos impone.

A quienes la evolución nos ha dotado de la capacidad de imaginar y prever futuros posibles, también nos ha proporcionado la capacidad de decidir sobre nuestras conductas y las previsibles consecuencias de las mismas: tanto de las que tienen que ver con el corto plazo como de las que tienen que ver con el plazo largo. De estas particulares condiciones humanas resulta nuestra responsabilidad ética en nuestra vida particular, y en nuestra vida social y política, lo mismo que el inevitable conflicto de vivir en el presente y tener que decidir sobre un futuro siempre incierto.

El modelo de la “Teoría General de Sistemas” nos describe como Sistemas Adaptativos Complejos (SAC), siempre al borde del caos, y en peligro siempre de petrificación o desintegración. Así, parecería que los seres humanos, y las estructuras y procesos sociales y políticos que hemos desarrollado, transitamos siempre por un peligroso y estrecho sendero con la única guía de nuestra razón y las experiencias acumuladas a lo largo de nuestras vetustas tradiciones. Hacer caso omiso de la razón y de las tradiciones sería una receta segura para desembocar en el desastre.

La experiencia acumulada de los pueblos se registra tanto en los refranes populares como en los diferentes sistemas de normas vigentes, que nos aconsejan y mueven a actuar a los individuos particulares prudentemente, pero que atañen de manera especial a los conductores de los pueblos. Si es grave nuestra responsabilidad particular, mucho más lo es la de quienes han sido elevados a posiciones de gobierno en las diversas sociedades.

Si vivir y decidir pensando únicamente en el corto plazo es un error, que más temprano que tarde se paga, el cortoplacismo de quienes tienen la responsabilidad de gobernar a los pueblos es un verdadero crimen de lesa política. Tristemente, muchos gobernantes parecen tomar siempre decisiones de corto plazo, que indefectiblemente

acabarán pagando los pueblos que gobiernan.