Miércoles 21 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Cae la penúltima máscara de Jimmy Morales

La mafia dirige la estrategia contra la CICIG.

— Édgar Gutiérrez
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Jimmy Morales y su Juntita de exmilitares y civiles no tiene respuesta política ante la crisis que ellos mismos encendieron. Sus veteranos dirigentes, que detuvieron el reloj en 1980, han vuelto a las andadas. Están ahora exhibiendo los símbolos paramilitares de la cruenta guerra civil a fin de demostrar que tienen, si no respaldo popular, al menos capacidad de intimidación. Las fuerzas de seguridad fueron movilizadas en la primera etapa de la crisis, hasta el 16 de septiembre, cuando el régimen, soberbio, estaba a la ofensiva, prefechando la muerte de CICIG y violando el Acuerdo de la Comisión al defenestrar al comisionado Iván Velásquez.

Pero después de que la CC, la PDH, los movimientos sociales –encabezados por los estudiantes– en la capital y en los departamentos y la propia ONU, de manera limpia y elegante dejaron al régimen y su Pacto de Corruptos contra las cuerdas, estos no tuvieron otra caja de herramientas más que su arsenal de la guerra sucia de 1980. Ahí están justamente los expatrulleros, “especialistas” y excomisionados militares, a los que ahora se suman las formidables fuerzas irregulares de las estructuras criminales del narcotráfico.

Desde la semana pasada han preparado los operativos con el concurso de gobernadores departamentales (los mismos que exigían “transparencia y rendición de cuentas”), diputados mafiosos del FCN y caciques de otros bloques del Pacto de Corruptos. El financiamiento de las movilizaciones previstas proviene, ilícitamente, en gran parte de los ministerios de la administración central del gobierno, que no saben ejecutar sus programas y mantienen en ruina los servicios públicos básicos, pero sí conocen cómo repartir clientelarmente el presupuesto de la Nación.

Todo está listo para su demostración de fuerza en las calles, a la que se han sumado, como a inicios del año, grupos económicos del campo sospechosamente asociados al crimen organizado. No es secreto que la amenaza principal contra la democracia en Guatemala y el hemisferio son las mafias, con su inconmensurable poder corruptor. Se alimentan de la ingobernabilidad y florecen durante las grandes crisis institucionales. Y, por supuesto, por eso las nutren con abundante dinero para activar estructuras de choque, voceros radicales y altisonantes, ruidosos net center y hasta sofisticado cabildeo local e internacional.

Esta semana estaremos llegando al límite en el que se caen las caretas. Para los movimientos sociales legítimos no hubo duda sobre la naturaleza del Pacto de Corruptos. Por conveniencias particulares e intereses de corto plazo, ciertos empresarios muy poderosos y sus cámaras, algunos gobiernos extranjeros y sus cancillerías, incluso grupos locales conservadores sanos y con legítimos reclamos, iban detrás de Jimmy Morales y su Juntita. Según ellos manejaban el timón para fortalecer su línea de defensa de impunidad, en unos casos, o sus intereses nacionales ante la expansión de China y Rusia. Ahora está quedando claro que había un doble juego: el de Jimmy Morales, su Juntita y el Pacto de Corruptos, direccionados por las mafias, que en el callejón sin salida sacan las garras. Y, por otro lado, el de los grupos conservadores legítimos que se sentían protegidos en su impunidad por la batalla que desataba este régimen, y a la cual se asociaron.

Arribamos a otro parteaguas. Es un aserto que la lucha contra la corrupción no es asunto de derechas e izquierdas. Pero ahora resulta que la lucha contra la corrupción y la impunidad es una contradicción que anida en el corazón de las mafias. En esta polarización ideológica, artificialmente fomentada, ¿dónde se posicionarán las derechas y los conservadores legítimos?

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