Lunes 24 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Asesinato en la Casa Presidencial

Tres tiros de dos tiradores consumaron el magnicidio.

— Gonzalo Asturias Montenegro
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Como todas las noches, estábamos cenando alegremente mis papás, mis hermanos y yo, cuando llegó una visita inesperada. Mi papá nos presentó a un amigo suyo, que ya iba, como se dice en buen chapín, “dos que tres”. Se trataba de un médico, que le dijo a mi papá: –Marco, pasaba frente a tu casa, y pasé a saludarte. Como mis hermanos y yo nos dimos cuenta de que ya había bebido bastante, de inmediato pensamos que lo que buscaba era un “alero”. Mi papá sacó una botella de güisqui, en tanto mi mamá fue a la cocina para prepararle cena al visitante.

Mi papá nos comentó que su amigo era quien le había hecho la autopsia al recién asesinado presidente Carlos Castillo Armas. ¡Wow! Mi hermana mayor empezó a saetearlo con preguntas de todo tipo sobre el Magnicidio. Pero el médico solo respondía que no podía decir nada porque era secreto de Estado. Pronto mi buen padre nos pidió no ser impertinentes.

Tras el magnicidio, yo que tenía 15 años me preguntaba ¿cómo pudieron asesinar al Presidente dentro de la Casa Presidencial? Los rumores fueron interminables y variopintos, los cuales ahora disipa la obra (bien documentada y amena) titulada Rapsodia del Crimen, publicada a finales del año pasado por el escritor dominicano Tony Raful.

Según el libro, la noche del 26 de julio de 1957 (el pasado mes de julio se cumplieron los 61 años del magnicidio), cuando el Presidente Castillo Armas, del brazo de su esposa Odilia, caminaba por el corredor para ir al comedor a cenar (esa noche el corredor no estaba iluminado ni tampoco estaban los centinelas usuales ni los candados que se ponían a las puertas), un soldado que se encontraba de guardia presentó armas, y luego después de que el Presidente siguiera su camino le disparó por la espalda. Un segundo disparo lo hace el soldado a más corta distancia. Luego se produjo un tercer disparo en la frente (el cual fue ignorado por la autopsia) realizado por un segundo tirador. El soldado Romeo Sánchez Vásquez corre gritando que habían matado al Presidente, pero un tiro le corta la vida al soldado. A partir de ese momento, todo se empieza a enredar.

La explicación del libro es que el hecho pudo ocurrir porque el agregado militar de la República Dominicana, Johnny Abbes García, ofreció sus servicios para montar una guardia especial aduciendo que los expresidentes Arévalo y Árbenz querían matar al Presidente Castillo Armas. A los de esta seguridad los llamaban “los dominicanos”, que estaban dirigidos por el pistolero cubano Carlos Gacel, quien trabajaba tanto para la seguridad guatemalteca como para los intereses dominicanos en nuestro país. El magnicidio ocurrió con la aprobación del coronel Enrique Trinidad Oliva, encargado del departamento de Seguridad Nacional (hermano del ministro de la Defensa), a quien el agregado militar de la Dominicana, Johnny Abbes García, lo había enrolado en el magnicidio. Oliva era el jefe de seguridad de la Casa Presidencial, y fue quien esa noche rotó al personal de seguridad. (Años después Trinidad Oliva murió asesinado) En el magnicidio también tuvieron participación Carlos Gacel y el agente Narciso Escobar, quien por supuesto temor a que delatara a los autores del crimen fue asesinado en el mirador de San José Pinula. Los autores intelectuales del crimen fueron el dictador de la República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo, y Johnny Abbes García, agregado militar, quien, por cierto, luego encabezó la delegación dominicana que vino a dar el pésame oficial por la muerte del Presidente Castillo Armas. ¡Cosas veredes!

Tras el magnicidio, Trujillo echó a rodar el rumor que los asesinos habrían sido los políticos del partido de Castillo Armas, llamados los liberacionistas; la amante del Presidente asesinado, Gloria Bolaños Pons, una joven guapa ex-Miss Guatemala, hizo rodar la especie de que había sido un complot en el que por celos estaba inmiscuida la primera dama. Los liberacionistas culparon al soldado Sánchez Vásquez, aduciendo que era comunista, y hasta inventaron un diario del soldado, que luego se vio que era una patraña.

Había por esos días todo tipo de rumores, y hasta conjeturas folclóricas. Recuerdo que un médico gran amigo de la familia, que había sido el primer Rey Feo de la Huelga de Dolores, le dijo a mi papá que los mayores creían que cuando los asesinados caían de frente, se llevan el secreto de su muerte a la tumba, no así si caían boca arriba, en cuyo caso lo divulgan a los cuatro vientos.

¿Por qué el Dictador caribeño habría querido matar a un colega también anticomunista como él? En realidad, Trujillo dio apoyo logístico y dinero a Castillo Armas, en la aventura de derrocar al gobierno de Árbenz. Pero ya en el poder, Castillo Armas hablaba mal del dictador caribeño, no quiso extraditarle a un peligroso personaje dominicano radicado en Guatemala, que había conspirado contra Trujillo, y ni siquiera quiso darle al dictador la Orden del Quetzal ni devolverle el dinero prestado; por todo ello, Trujillo, furioso, quitó a Castillo Armas del camino, para colocar en el poder a otro anticomunista más leal. (El escogido fue Miguel Ydígoras Fuentes, quien luego alcanzó la presidencia).

Años después, en el ejercicio del periodismo, yo entrevisté a la examante de Castillo Armas, Gloria Bolaños Pons, cuando ella quiso ser candidata a alcalde de la Ciudad Capital. Era una mujer gorda, de la que recuerdo que usaba unas exageradas pestañas postizas de baja calidad, y cuya supuesta hermosura ya se había esfumado completamente. Ella ahora vive su ancianidad en Miami.

¡Ahora, con la publicación de Rapsodia del crimen ya se sabe todo o casi todo del magnicidio. Poco o nada queda para la imaginación!

gasturiasm@gmail.com

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