Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Opinión

En la orilla del desbarranque

El viernes, Jimmy Morales no pudo ejecutar el plan para descabezar a la CICIG y sus aliados, pero sigue aferrándose. ¿Enviará Washington el mensaje coherente y oportuno?

 

— Edgar Gutiérrez
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El lunes 27 de agosto se cumplió un año del frustrado non grato de Jimmy Morales contra Iván Velásquez. Esa mañana fue capturado el general Erick Melgar Padilla, comandante de la estratégica Guardia de Honor y hermano de Herbert Armando, diputado del FCN e integrante de la Juntita Militar de Gobierno; ambos están sindicados de parricidio. Cuando la noticia de la captura llegó a oídos de Jimmy Morales y de sus asesores, los consumió la ira. “En Casa Presidencial estaban como locos”. Alegaron que la captura era ilegal, y se juraban que sería “la última trastada del colombiano”.

El plan comenzó a tomar forma. El objetivo era, otra vez sacar a Iván Velásquez. Para algunos la premisa era garantizar la no objeción de Washington, saltándose al embajador Luis Arreaga. Para asegurarse, la canciller Sandra Jovel y el secretario de la SIE, Mari Duarte (quien afirma tener los mejores accesos con los servicios de espionaje en los EE. UU.) Viajaron a Washington y Nueva York, comunicando a la vez en el piso 38 de las NN. UU. la decisión de no renovar el mandato de la CICIG en septiembre de 2019.

Semanas antes, un Comisionado Presidencial, empeñado en hacer meganegocios con China Continental, le aseguró a su amigo Jimmy Morales que Beijing estaba tan interesado en establecer relaciones diplomáticas con Guatemala que, como gesto de buena voluntad ofrecía emplear toda su influencia en las NN. UU. para sacar a Iván Velásquez y a la CICIG. Jimmy

Morales y sus asesores evaluaron seriamente esa opción, aunque alguien del entorno preguntó: “¿Qué dirán los gringos, que reaccionaron tan mal con el gobierno salvadoreño que cambió a Taiwán por China? Para Washington la expansión china en la región es asunto de seguridad nacional.

A inicios del año Jimmy Morales siguió en soledad a Trump en la mudanza de embajadas a Jerusalén, esperanzado en que la moneda de pago sería sacudirse a Iván Velásquez. Tel Aviv apalancó el cabildeo, pero los 15 minutos en febrero de Morales con Trump, fuera de la Casa Blanca, no sirvieron para el objetivo. Esta vez en Casa Presidencial la apuesta era a que “los gringos mejoren la oferta china… para seguir con Taiwán, que nos quiten al colombiano”.

Jovel y Duarte regresaron eufóricos del viaje. “La salida de Velásquez es un hecho”. La noticia entusiasmó a Jimmy Morales y a su círculo, que le venía remachando que los antejuicios había que “arrancarlos de raíz”, expulsando al Comisionado. “A golpe dado no hay quite”. Se veían a sí mismos en el espejo de Honduras, donde en 2009 los ultra conservadores dieron un golpe de Estado contra Manuel Zelaya; el mundo protestó un rato, hubo disturbios callejeros, pero al final lograron el objetivo y Washington terminó apoyándolos.

El general Melgar Padilla dio garantías que el Ejército apoyaba; los diputados del Pacto de Corruptos aseguraron que la legislación para dejar sin materia los antejuicios y la persecución penal por financiamiento ilícito, eran pan comido, aunque había que hacer una “buena recaudación”, invitando a empresarios beneficiados con las reformas. “Los diputados quieren cariñito”.

El pelo en la sopa era, otra vez, la CC. Se propusieron romper la frágil mayoría que representan Gloria Porras, Francisco De Mata Vela y Boanerge Mejía, y algunos sugirieron disolver “legalmente” (¿?) la Corte. Para el viernes 31, estaba todo preparado. Jimmy Morales, acompañado de Jafeth Cabrera y solo tres ministros del Gabinete (Gobernación, Relaciones Exteriores y Defensa), el alto mando del Ejército y los comandantes de zonas militares, darían el anuncio de la expulsión de Iván Velásquez y la suspensión de garantías civiles y políticas para “prevenir desórdenes callejeros”. Entre los líderes civiles pro-CICIG fueron fijados varios blancos que serían señalados como sediciosos a fin de neutralizarlos.

Fue entonces que Washington reaccionó y advirtió a Jimmy Morales que su plan era “inaceptable”. El presidente dio marcha atrás. El guion que leyó al mediodía frente a la prensa fue alterado a última hora, y quedó desencajado de los montajes para la ocasión: desplazamiento intimidatorio de vehículos tipo militar (que dotó Washington en tiempos del ministro Francisco Rivas para el combate al narcotráfico) cercando las oficinas de la CICIG y rondando la propia embajada de los EE. UU.; los comandantes militares con traje de fatiga en la foto para la prensa, y un torrencial derumores para infundir miedo.

Contrastó con la única novedad que el acuerdo de la CICIG no sería renovado en 2019. Aunque los símbolos hablan. El plan original fue abortado, pero el mensaje es que el Pacto de Corruptos sigue en pie de guerra. Los comunicados, la tarde del viernes, de la Cámara de Industria y CACIF no eran para criticar a Jimmy Morales. Los mensajes desde el Capitolio, en cambio, fueron inequívocos: apoyo a la CICIG y advertencia de descertificar a Guatemala. Aunque en ciertos niveles del Departamento de Estado hay disonancias. La pérdida de coherencia de Washington es el espacio de maniobra que le queda al Pacto de Corruptos.

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