Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Opinión

¡De cabeza!

— CÉSAR A. GARCÍA E.
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Qué mundo tan decadente, ingrato cruel… aparente; que circo tan repugnante, tan sombrío y pestilente. Que sociedad tan absurda, tan vacía, disociada, corriendo tras lo barato… nutrida de baladíes, ¡ideas tan trastocadas! La amistad se ha abaratado, está al alcance de todos, ahora “todos amigos”, es cosa de dar un “like”, es cuestión de no enterarse, de las penas del vecino y menos involucrarse.

La honda conversación, las profundas reflexiones, el deseo de saber, la ilusión por compartir, la riqueza de entender de otros el parecer… está proscrita y fallida. Hoy se trata de ser “cool”, de estar de acuerdo con todos, de someter el criterio, a lo que antes fue vergüenza, malandanza e improperio.

Es hoy el relativismo, nuestro más cruel atavismo; nada es ya “bueno” ni “malo”; es “idéntico” el honrado, el genuino y esforzado… al siniestro y al ladrón, al mentiroso y ampón que degrada y asesina, que arrebata y desestima el valor de la virtud.

El bueno ahora es “malo” y el malo es el referente… de una virtud relativa, las verdades anodinas, las mentiras tendenciosas que –a fuerza de repetirlas– se convierten en “verdades” suculentas y sabrosas. El mundo está de bajada, no hay –en esta incultura– de valorar el deshecho… ni inteligencia, ni sesos, ni futuro, ni tesón, ni coraje, ni excelencia, ni méritos, ni razón.

Para ser hoy popular, e incluso hasta un “personaje”, es necesario –tan solo– ser alaraco moderno, expresar las sinrazones, ser patán, ser ignorante, mientras se recurre al odio y se fomenta el ultraje; se azuzan las mezquindades, se despiertan ansiedades, se explica la intolerancia, a fuerza de la ignorancia… renunciando a los principios y siendo –al mejor postor– una caja de resonancia. Se confunde, se distrae, se golpea por la espalda, se abraza y se apuñala, se respiran mil rencores, se exalta lo impudoroso y se margina al virtuoso.

El ataque a los valores que implicaron la grandeza: de personas, de naciones, de continentes y empresas, pero también encerraban: desafíos y constancia, enterezas y proezas… es la estrategia constante. El mundo se autodestruye, la fatuidad excesiva, arremete sin clemencia, sin treguas –entre indecencias– y con total insolencia, convenciendo a mucha gente que lo acertado y correcto, está en seguir a la corriente.

Un río de aguas turbulentas que corre loco y con prisa, sin siquiera percatarnos… del valor de una sonrisa; ocultando entre colores que son falsos y engañosos, las argucias de roñosos; un río que no tiene vida, pero que arrasa con todo: el pudor, la coherencia, la rectitud, la conciencia… la convicción, la entereza, la pasión por lo correcto; con la individualidad, por querer ser diferentes, con principios y valores… y de ideales consecuentes.

Que lucha tan agobiante… nadar contra la corriente, ripostar, contradecir el discurso decadente, dominante y exigente: de tramoya y malvivencia, de la venta del orgullo y alquiler de la conciencia. Que importante es resistir, tratar de alumbrar un poco, aunque parezca que no, aunque luzcamos extraños; aunque nos frunzan el ceño y se nos miren con recelo, es preciso declarar, la pasión por la razón, el culto a la corrección… defender a nuestros hijos, a nuestro nietos y gente, de la ola tan perversa que avasalla a inocentes ¡Piénselo!

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