Martes 18 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Invisibles

“A costas del porvenir”

— Anabella Giracca
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La invisibilización es una de las máscaras que utiliza la más aguda discriminación para esconder la verdad. Subterfugios que opacan imágenes hasta desaparecerlas del imaginario. Escondites donde se callan voces y se anulan conciencias. Efectivamente la invisibilización es el mecanismo más barato para ocultar realidades que duelen. Para evadir responsabilidades donde las instituciones se repliegan de su compromiso (el analfabeta es analfabeta porque quiere; los pobres son responsables de su pobreza; los jóvenes son culpables de su rebeldía…). Generalmente quienes están nombrados para administrar el Estado, se lavan las manos, voltean la cara para satisfacer sus propias y espurias biografías personales. Para garantizar sus propios futuros a costas del porvenir de todo un pueblo.

La invisibilización impide recoger en estampas la vida habitual; esconde lo cotidiano y, en definitiva, impide narrar la verdadera historia nacional. O sea obstaculiza la posibilidad de desatar los nudos del futuro.

La invisibilización no permite penetrar en las venas de la sociedad. Los fenómenos no se ven claramente. Evita respuestas concretas a las necesidades concretas de la población.

La invisibilización activa los dispositivos simbólicos de la maquinaria simbólica: se resalta el retorno de lo “bárbaro”. Se construye desde la política del miedo: el migrante, el joven, el indígena, entre otros. O sea, se ve al “otro” como una amenaza. Sí, muchas veces se intensifica la criminalización de colectivos sociales. ¿Por? Simplemente porque, en parte, son los colectivos los que visibilizan las lágrimas de la realidad.

La invisibilización activa el temor al disenso: favorece sistemas políticos bajo los principios de la homogenización o asimilación solapada. (Prohibido hablar con alguien que piense diferente).

Pues el reto actual consiste en visibilizar de nuevo la realidad. Retornar a los rostros. Ver frente a frente ese aterrador y apocalíptico 46 por ciento de desnutrición crónica infantil, para empezar. Quizá sea preciso recordar que solo haciéndole frente a las circunstancias le daremos un semblante a las promesas de futuro (en realidad siempre llegamos tarde al futuro). Tenemos la responsabilidad de pensarlo para las generaciones que nos siguen y que están en condiciones de alcanzarlo a tiempo. Exigir con fuerza el retorno a los hechos, al trazo exacto de esta realidad que tanto está doliendo. Porque está claro que seguir ignorándola es una aberración.

Nos corresponde hallar una salida al círculo vicioso de los rencores. Visibilizar sí, dibujar de nuevo las necesidades para atenderlas con urgencia. Solo así haremos sociedad, solo activando de nuevo los sentidos para entender que nos estamos hundiendo de verdad. (Actuemos).

 

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