Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
Opinión

El poder contra el pueblo

Los regímenes despóticos ejercen el poder contra el pueblo.

— MARIO FUENTES DESTARAC
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El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como lo afirmó el presidente de EE. UU., Abraham Lincoln, en su “Discurso de Gettysburg”, pronunciado el 19 de noviembre de 1863, es la esencia del autogobierno, que surge del mismo pueblo y, por ende, es la base de la democracia representativa, y su finalidad es la realización del bien común, que, según John Rawls, equivale a “ciertas condiciones generales que son (…) de ventaja para todos”, que yo entiendo como aquellas situaciones o circunstancias indispensables comunes a todos los seres humanos, que, por igual, les permiten, a través de su autonomía personal, libre iniciativa y asumiendo la responsabilidad de su propia vida, buscar y alcanzar la felicidad, que no es lo mismo que pretender garantizarles la felicidad.

Al autogobierno le es inherente el principio de sujeción a la ley de los gobernantes y gobernados, que supone la supremacía de la ley, el cual es, a su vez, el fundamento del sistema de gobierno republicano, que postula que la Constitución (suprema ley del Estado) y la ley imponen límites al ejercicio del poder público y establecen un sistema de frenos y contrapesos, basado en el principio de separación de poderes.

El Estado y sus instituciones, en un contexto de legítimo autogobierno, están al servicio de las personas que habitan el territorio nacional. De suerte que el Estado no es un fin en sí mismo, sino que es un instrumento puesto al servicio de la sociedad humana, que tiene las obligaciones primordiales de proteger a los seres humanos y garantizarles la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y el desarrollo personal integral, tal y como lo establece nuestra Constitución. El autogobierno también supone que la función pública esté sustentada en el mérito, la periodicidad en su ejercicio, la rendición de cuentas, la transparencia, la ética pública y el control ciudadano.

El gobierno contra el pueblo es, por el contrario, el ejercicio del poder público no a favor del pueblo, sino para asegurar a individuos y grupos ventajas, privilegios y posiciones para abusar del poder. Por tanto, el gobierno contra el pueblo no se instaura para la consecución del interés general, sino para valerse o servirse del poder en función de mezquinos intereses particulares o de la dominación de la sociedad, mediante el abuso y la arbitrariedad.

Los regímenes despóticos ejercen el poder contra el pueblo y, consecuentemente, proscriben el pluralismo político, la participación ciudadana, el libre juego de opiniones y la alternancia en el poder; y, asimismo, concentran el poder, abusan de la autoridad, violan los derechos humanos, imponen el expolio y la confiscación, así como echan mano del terror de Estado con miras a reprimir a los opositores y disidentes. Los actuales regímenes venezolano y nicaragüense, por ejemplo, son cleptocracias opresivas que ejercen el poder contra el pueblo.

El poder contra el pueblo se manifiesta, en primera instancia, a través del control, la censura y el ataque sistemático contra el ejercicio de las libertades de expresión de ideas y de prensa. Sin duda, preocupa sobremanera que, a través de la regulación electoral, se pretenda restringir y criminalizar a la prensa, así como que se eche mano de la judicialización arbitraria del ejercicio de la libertad de emisión del pensamiento, para perseguir penalmente a los comunicadores y periodistas.

 

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