Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Celibato, castidad y abuso sexual

El abuso es un problema que nos concierne a todos.

— Roberto Blum
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La Iglesia católica se halla sumida en un gravísimo escándalo moral y legal: el abuso sexual de menores por parte de cientos o miles de sacerdotes y religiosos en todo el planeta. La reacción pública condenatoria no se ha hecho esperar. Los jerarcas de la institución no han sabido hacer otra cosa que ofrecer tímidas disculpas y pedir perdón. La ley ha obligado a la Iglesia a pagar millonarias indemnizaciones a las víctimas. Sin embargo, sin un diagnóstico correcto del problema, nada cambiará.

Un diagnóstico equivocado atribuye el problema del abuso sexual contra menores al celibato obligatorio de los sacerdotes y religiosos, aunado a un desarrollo sexual inadecuado de muchos de quienes ingresan en la vida religiosa, olvidando que el abuso sexual, todo abuso sexual, es el resultado de una asimetría de poder entre el abusador y el abusado.

Tradicionalmente, la Iglesia católica ha declarado la lujuria como un grave pecado y contra este ha enseñado que existe la virtud de la castidad. Así, contra el impulso sexual desordenado, se promueve un hábito personal para controlarlo y ordenarlo, la castidad. Los sacerdotes que profesan en las órdenes religiosas prometen no casarse y ser castos. Los sacerdotes seculares solo están obligados a no contraer matrimonio: a ser célibes. Así, el celibato y la castidad no son la misma cosa. El celibato sacerdotal es resultado de una regla eclesial y la castidad sacerdotal es resultado de un compromiso personal.

El celibato obligatorio de los sacerdotes se impuso en la Iglesia católica occidental en los dos concilios de Letrán del siglo XII. Las razones de fondo fueron económicas. El celibato tenía el beneficio de garantizar que los hijos o las esposas de los sacerdotes no reclamaran sus bienes, los que serían retenidos por la iglesia. Además, habría un ligero barniz promoviendo la “pureza espiritual” de los clérigos.

Sin duda el celibato religioso ha sido una opción socialmente aceptada y aceptable para muchos individuos que por cualquier razón personal no quieren o no pueden comprometerse sexualmente con otra persona. El escándalo del abuso sexual contra menores en la Iglesia católica no se le puede atribuir específicamente al celibato de los sacerdotes, sino al poder que la sociedad católica le ha otorgado al estamento clerical.

Es importante recalcar que el abuso sexual es un delito y una agresión, cuando se realiza contra menores de edad de cualquier sexo (la ley establece la edad mínima de consentimiento), o bien sobre personas mayores de alguna forma supeditadas al abusador. Y en este sentido, el abuso sexual contra menores es un problema social mucho más grande y extendido que el atribuido a los sacerdotes y religiosos católicos. El abuso sexual resulta de la asimetría de poder entre dos individuos, célibes o no, heterosexuales u homosexuales, femeninos o masculinos, de cualquier nacionalidad o estrato social o educativo. El abuso es un problema que nos concierne a todos.

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