Domingo 24 DE Marzo DE 2019
Opinión

¿De quién es mi cuerpo?

En pleno siglo XXI, debemos someter nuestro cuerpo a la “tutoría” del Estado

— Carol Zardetto
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La pregunta parece absurda porque ninguna persona existe sin su cuerpo. Si esta premisa es verdadera, tendríamos que concluir que la sede de la subjetividad humana, de su existencia simbólica, de la creación de eso que tanto atesoramos y que llamamos “mi vida”, es el cuerpo, mi cuerpo.

La noción de que mi cuerpo me pertenece que parece tan obvia y tan innecesariamente sujeta a una discusión por ser tan natural, está en desafío permanente cuando se trata del cuerpo de una mujer. Todos los sistemas normativos tienen expectativas sobre él y reclaman el “derecho” cuasi divino a normarlo, utilizarlo para diversos fines sociales o religiosos “muy loables” e, inclusive, anular la voluntad de la propia persona sobre su cuerpo, sobreponiendo sobre su voluntad, la del Estado. Cuando afirmamos que el Estado tiene más derecho a decidir sobre el cuerpo de una mujer que ella misma, estamos anulando la subjetividad femenina.

Está tan arraigada la noción de que la mujer no es dueña de su cuerpo que es legendaria la costumbre de arreglar matrimonios para las niñas, utilizándolas como moneda de cambio para articular sistemas de poder. También persisten aberraciones increíbles como la ablación del clítoris, ya que las costumbres sociales se apropian del deseo cuando se trata de ese cuerpo vacante de la mujer. Y ¿qué hay con las violaciones masivas en tiempos de guerra? Se penetra a las mujeres del adversario como una forma de apropiación del territorio enemigo. La mujer no tiene subjetividad, es un territorio que puede ser ocupado, de infinitas maneras, por quien tiene más fuerza o creencias religiosas dominantes.

La aplastante suma de abusos sexuales sobre los cuerpos de las niñas, su fragilidad frente a embarazos tempranos, no es sino el rostro más execrable de ideas fundamentalistas que llegan a presentarse con enormes sutilezas: la vacancia del cuerpo femenino, la legitimidad de la apropiación normativa del cuerpo de la mujer por parte de la sociedad y la idea solapada de que el cuerpo femenino necesita una “tutoría” externa porque ella no es capaz de manejar su libertad plena.

Los límites del Estado estuvieron muy claros en los juristas de la antigüedad. Ellos reconocían el “derecho natural” como un ámbito cerrado a la intervención del Estado. Hay cuestiones que pertenecen solamente a cada ser humano, justamente porque es su dignidad la que justifica todo el entramado jurídico. Cuando a una mujer se le priva del derecho a decidir sobre su cuerpo, se le priva de la dignidad más esencial que es el derecho a su subjetividad. Se le anula como un ser libre. Se le somete a una violencia esencial al restregarle en la cara que nunca fue dueña de su cuerpo y que, cuando de ese sagrado recinto se trata, todos tienen no solamente derecho a opinar, sino a ejercer sobre la rebelde el derecho al castigo.

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