Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Cambio de piel

“En nuestros huesos habita el rocío”.

— Anabella Giracca
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Acontecimientos ponen nuevamente en evidencia la urgente necesidad de rescatar el diálogo y la cultura de paz, ¿no es lo que todos queremos? Es hora de cambiar de piel, como esas serpientes en que la muda es un periodo de renovación y señal de crecimiento…, como desprenderse de una camisa vieja. Es hora de cambiar de zapatos. De sustituir el descrédito por el reconocimiento; el ataque por la pregunta; el conflicto por la conciliación; la inmediatez por el futuro; la homogenización por la diversidad; la descalificación por la razón; la ignorancia por el pensamiento crítico; el discurso del odio por el discurso de la fraternidad. Es hora de mudar, porque tan exacerbadas confrontaciones nos sumergen hasta el ahogo. Sí, sustituyamos esta arraigada cultura de división por una de conexión. Porque en nuestros huesos habita el rocío, la historia que nos compete redireccionar.

Efectivamente una cultura de paz no abusa de sus herramientas tan brutalmente (redes por ejemplo), no ultraja las palabras. Se abre a un mundo donde las oposiciones se tornan en debates constructivos y hasta educativos. ¿No es lo que todos queremos?

Pero lo que ahora existe es descalificación feroz, pantano, sin nociones que respalden, sin propuestas ni puertas ni ventanas. Ni tan solo ápices pequeños de luz. Solo cascadas de odio que incitan a la penumbra y al oscurantismo.

En una cultura de paz no se valen descalificaciones que caen en la discriminación y fomentan el racismo. No se repiten mentiras que terminan pareciendo verdades. No se distrae a la opinión pública de los asuntos verdaderamente importantes (aló desnutrición, violencia, desempleo). Una cultura de paz no manipula ni ultraja; no vende ni subasta identidades; no hace uso y abuso de todo un pueblo para enredar. Una cultura de paz construye sobre la confianza, porque es colectiva y no personalista. Fomenta lo verdadero a cambio de lo verosímil. No hace más que ver la diversidad como un valor y un derecho. ¿No es eso lo que queremos?

Y es que basta con abrirse al cosmos de la cibernética para entender que estamos perdidos. Se repiten descréditos, se insisten insultos y, sobre todo, se invisibilizan mucho las ideas.

Iniciemos por fomentar miradas y “desfomentar”  autoritarismos y prepotencias. Pero ojo, que gracias a esas actitudes de dominio y de paternalismo, estamos atados, amordazados de palabra. Estamos trenzados a una política perversa. ¡Sí!, la hora de la muda no debe esperar más. Poner las palabras sobre la mesa, repletas de contenidos diversos, puede ser un buen principio. Tomar decisiones colectivas: un compromiso unido. Como una forma de convivencia social en la que seamos libres e iguales para opinar. (A eso se le llama democracia, por cierto).

 

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