Viernes 25 DE Septiembre DE 2020
Opinión

A menor compresión, mayor costo

Ni crimen o castigo es dilema

Fecha de publicación: 16-08-18
Por: Edgar Gutiérrez

¿Dónde radica la dignidad de un país? Seguramente que no en censurar las críticas internacionales a su fallido sistema de gobierno que ha condenado a sus propios habitantes a una vida infeliz. Radica en transformar ese sistema, volviéndolo funcional al servicio de toda su población. Ahora, ¿en nombre de qué Jimmy Morales y su gabinete invocan soberanía en la CC y demandan silencio, disimulo, ocultación de la realidad? En nombre de la impunidad.

Cualquier nación demanda que sus gobernantes rindan cuentas. Por respeto al propio Estado que representan y a sus ciudadanos, si hay fundadas sospechas de que cometieron delitos, deben despojarse de privilegios y someterse al debido proceso. Jimmy Morales y su coro llaman “golpe de Estado” y “derrocamiento” al fortalecimiento del Estado de Derecho, pues la igualdad ante la ley es la fuente de legitimidad del sistema jurídico político.

Durante 2016 pensé que, por ignorancia e incapacidad, pero sin mala fe, Jimmy Morales era tan pésimo presidente. Sus actuaciones a partir de 2017 me aclararon que detrás del “yo no fui”, “lo hacen a mis espaldas”, se parapeta un individuo perverso y egoísta que deliberadamente lleva al país a las cavernas más profundas y oscuras. No es solo la pérdida de la ventana de oportunidad más nítida que ha tenido Guatemala de sacudirse un sistema corrupto, es, peor, haber retornado a un pasado oprobioso y, por anacrónico, patético.

Jimmy Morales no está solo. Los integrantes notables del statu quo local lo acompañan, abierta o disimuladamente. Aunque de raíces y dimensiones muy diferentes, tienen la misma causa. Morales es su principal parapeto, aunque resientan su mediocridad. Pero no tienen opción. Igual que en el Congreso, su Junta Directiva y principales operadores; o en la Corte Suprema, con la mayoría de magistrados alineados, con ellos van a resistir, y hasta que alisten sus cuadros y estructuras de refresco (sus genuinos y eficaces representantes) y puedan negociar, los abandonarán.

El dilema de Guatemala no es el reclamo de una (falsa) soberanía o el avasallamiento. Es obvio que perdimos en manos de las mafias la soberanía sobre un 20 por ciento del territorio y sus habitantes; además, sobre las instituciones democráticas capturadas y cooptadas por el crimen de cuello blanco y percudido. Cuando los gobernantes y las poderosas elites de un país toleran que sus poblaciones sufran hambre y no tengan techo ni abrigo, es que perdieron la dignidad, haciendo indigna a su sociedad, hasta que la propia sociedad reacciona y libera en los términos que la Constitución establece.

Aunque Jimmy Morales y el statu quo crean estar ante el dilema del crimen o castigo, la verdad es que no tienen alternativa. El futuro los alcanzó. Los acuerdos sobre derechos humanos que Guatemala firmó hace 70 años –y no denunciará– extiende carta universal a cualquier ciudadano a criticar cualquier sistema local que incumple sus deberes básicos. Ya es tarde para renegar, y la geografía deja a este statu quo en una posición inescapable. A menor entendimiento de esa realidad, mayor el costo de recuperación.