Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Sandinismo sin Ortega

“Es oportuno discutir sobre la necesidad de retomar la agenda original del sandinismo”.

— Miguel Ángel Sandoval
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Es un hecho conocido que el Frente Sandinista de Liberación Nacional encabezó una revolución en contra del dictador Anastasio Somoza en la década de los setenta y lo derrocó un 19 de julio de 1979. Es el triunfo de la juventud nicaragüense que en esos años formaba filas en el FSLN. Su programa se resumía en puntos básicos: pluralismo político, economía mixta y no-alineamiento en lo internacional. Se trataba de una agenda que buscaba construir institucionalidad y ciudadanía en una democracia.

 

 El FSLN agrupó a varias corrientes y siempre tuvo una dirección colegiada. Nueve comandantes cada uno con características distintas pero que en su unidad le daban impulso a un proceso renovador. Daniel Ortega era uno de los nueve, no el dirigente de esa revolución. De ese grupo dirigente, alguno falleció, y el resto se apartó del FSLN al constatar que gradualmente el mismo, con influencia del grupo de Daniel, se apartaba del sandinismo histórico. Esa es la realidad que no se dice o no se conoce. 

 

 En medio de la crisis actual, cuando la oposición exige la salida de la presidencia de Ortega, hay voces que de manera legítima se interrogan sobre el futuro de ese proceso político. Quizá la mayor duda sería: ¿qué después de Ortega? ¿Será la derecha aliada con el imperio? Y otro tipo de construcciones que no consideran el hecho que el sandinismo hace tiempo que dejó de ser en el gobierno de Ortega.

 

 Es oportuno discutir sobre la necesidad de retomar la agenda original del sandinismo expresada en los  temas señalados que en verdad son algo que no existe en la actualidad en donde el pluralismo político es una ficción, en donde la economía mixta ha dejado su lugar a una agenda neo liberal y cuando el no-alineamiento político es una entelequia del pasado. Las demandas apuntan a un sandinismo renovado.

 

El futuro de Nicaragua pasa por un sandinismo sin Ortega. No se trata de volver al pasado sino de retomar una agenda política de corte seriamente democrático que contrarreste las tendencias autoritarias de un presidencialismo que ya olvidó el origen de su propia existencia. Nicaragua no puede ser un país de represión con ejecuciones sin sentido, sin libertades democráticas, con exilio de sus mejores representantes, con nepotismo o autoritarismo, con ausencia de respeto a derechos humanos.

 

 La energía social desatada desde el mes de abril no podría aceptar ni permitir un gobierno de agenda neoliberal, o un gobierno de corte autoritario. Esa energía social, propia del siglo XXI y con una masa crítica de singular importancia en Centroamérica, no sabría vivir de otra manera que no fuera en democracia y con justicia social, que es en definitiva la esencia del ideario sandinista que el actual gobierno tiró por la borda, atendiendo a razones que ahora no viene al caso discutir.

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