Domingo 19 DE Agosto DE 2018
Opinión

Violabilidad de las comunicaciones

Agresión a la intimidad.

— Alvaro Castellanos Howell
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Una de las peores dictaduras es aquella en la que las autoridades consideran a la Constitución como un texto muerto.

Un simple papel.

La cultura de la ilegalidad, tan arraigada en nuestros trópicos, se lleva al extremo, cuando lo que se irrespeta y se ignora intencionalmente, es el pacto social y político de una nación. Esa que llaman a veces “carta magna”.

Salta a la vista hoy, que lo sospechado, al parecer es realidad. No hay privacidad en el país.

Esa idea de que sí es posible que un “shute” lo esté escuchando al hablar, se ha convertido muchas veces en algo que inclusive se utiliza como broma: mandarle saludos al “oreja”.

Broma sarcástica que viene arraigada de los años de represión.

Pero llega al colmo de constituirse en una especie de patología social: el “no escuchado” hasta se siente no importante en su comunidad al no verse incluido en las listas que divulgue el matutino Nuestro Diario.

El epígrafe del Artículo 24 de nuestra Constitución política es “Inviolabilidad de correspondencia, documentos y libros”, justo lo contrario del título de esta entrega.

Esta norma fundamental, con meridiana contundencia, establece el secreto de la correspondencia y de las comunicaciones telefónicas, radiofónicas, cablegráficas y otros productos de la tecnología moderna, salvo cuando medie resolución firme dictada por juez competente y cumpliendo con las formalidades legales.

Queda muy claro que, para todos los que participan, directa o indirectamente en las escuchas o interceptaciones telefónicas y la intervención no autorizada de otras comunicaciones, sean funcionarios o empleado públicos, y particulares, el Artículo 24 les importa un comino, para no utilizar otras expresiones más chapinas y elocuentes.

Pero el tema es delicado. Serio.

El derecho a la inviolabilidad de documentos, conversaciones, comunicaciones, libros, etcétera, es un bastión que está destinado a proteger el derecho a la intimidad de la persona, que es un derecho
personalísimo.

De tal suerte que, si con toda desfachatez alguien se pasa por el arco del triunfo la privacidad de las comunicaciones, es porque en el fondo, tiene una absoluta desvalorización de la intimidad y la dignidad de la persona afectada. Y el solo hecho que ello ocurra, tiene enormes ramificaciones: bienvenidos seamos todos al estatus de población vulnerable.

La impunidad que rodea estos hechos es pavorosa. ¿Seguiremos tomando esta agresión como algo irremediable?