Domingo 19 DE Agosto DE 2018
Opinión

En ruta por el Altiplano

La Guatemala indígena marca el paso de una nación para el futuro.

— Carol Zardetto
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La semana recién pasada viajé a la Guatemala rural que tan poco presente tenemos por acá en la ciudad. Tuve la oportunidad de acercarme a la gente que busca con tremendo afán la manera de trabajar y prosperar desde el aislamiento que supone estar en la periferia. Fue muy interesante lo que vi.

El viaje empezó con una visita a la ciudad de Quetzaltenango con una red de mujeres empresarias. Ellas quieren articular un proyecto turístico cultural: hablar del maíz, de la cultura del tamal, de los recados ancestrales, del chocolate, del tejido. Enseñar sus saberes ancestrales como una manifestación cultural valiosa. Son mujeres quichés que hasta apenas unos años no usaban su traje tradicional. Una de ellas me comentó que su mamá no quería que sus hijas lo usaran, que no hablaran su idioma materno, para que en la escuela no fueran discriminadas, insultadas. Pero, “a partir de los años noventa” me explican, las cosas fueron cambiando. Ahora, ellas desean hacer relucir el valor que ellas mismas han encontrado en sus raíces culturales. Son mujeres fuertes, cálidas que vienen aprendiendo a través de sus madres y abuelas una tradición cultural que han aprendido a valorar.

Muy cerca de Quetzaltenango se extiende el valle de Almolonga. Hay que acercarse a este lugar y ver a hombres y mujeres trabajando el inmenso tapete hecho de retazos de verdes diversos: zanahorias, rábanos, lechugas, mazos de hierbabuena, campos de cebolla, separados por rías de agua desde donde los lugareños riegan sus cultivos. Dicen que Almolonga es la hortaliza de Centroamérica. Ellos nos dan de comer. A los costados, los camiones esperan, listos para transportar toda aquella riqueza vegetal a los mercados citadinos, a los supermercados de la ciudad, donde un comprador ausente los meterá a su carreta sin comprender quién y cómo cultivó lo que comerá.

Visité Cantel donde en el año 1874 se fundó una fábrica de tejidos de algodón aprovechando dos factores: una población que sabía de tejidos e hilados por su herencia ancestral, y las extensas plantaciones de algodón que había en el país. Don Jorge me contó que cuando él estaba creciendo, todos los pobladores de Cantel trabajaban en aquella industria. Él se quiso escapar de eso y se convirtió en trabajador del INDE. Ahora es el feliz padre de la señorita que será coronada como reina de Cantel en la próxima feria. Espera recibir en su casa a cerca de 400 personas que vendrán a celebrar el acontecimiento. Bibi, su hija, me enseña el huipil que ha venido tejiendo desde hace dos meses y que estrenará para la ocasión. Sus ojos brillan con el orgullo y la ilusión que el acontecimiento le provoca.

La siguiente parada del viaje son los bosques de Totonicapán, resguardados por la propia comunidad que se agrupa bajo la autoridad de “Los 48 Cantones”.

Continuará…