Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
Opinión

“Alabanza a la Cortesía”

Un conjunto de voces disonantes no nos llevará a ningún lado.

— Roberto Moreno Godoy
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Hace unos días leí el artículo “In Praise of Civility”, publicado en “The Atlantic”. Su autor, James Morant, Decano de la Escuela de Leyes de la Universidad George Washington, nos insta a rescatar la cortesía, la urbanidad y las buenas maneras. Nos recuerda que nuestras diferencias en creencias y en posiciones religiosas o ideológicas no impiden que nos comuniquemos correctamente con los demás. El Dr. Morant comenta su participación en un panel académico sobre libertad de expresión, realizado a escasas semanas de las elecciones presidenciales de su país. Describe que, aunque el público estaba involucrado e interesado en la discusión, se dio una situación incómoda cuando un individuo interrumpió abruptamente a los panelistas para cuestionar la validez de sus puntos de vista, aduciendo que estos no valían mucho por provenir de dos mujeres y un hombre de color, lo que, a su juicio, hacía que estuvieran sesgados y apartados de una posición más conservadora y equilibrada. Pese a los esfuerzos para calmarle, todo fue infructuoso, pues siguió elevando el tono de voz y siendo cada vez más grosero. El autor comenta que el vergonzoso incidente le causó una fuerte impresión, pero que lo que más le aflige es que no se trata de algo aislado. Con frecuencia es testigo de casos como este, en donde la polarización y la intolerancia son caldo de cultivo para un trato poco civilizado. Los exabruptos y tratos irrespetuosos son asumidos como “normales” y valederos. Muchos justifican esta forma de comunicarse, argumentando que cuando se busca ser “políticamente correcto” se corre el riesgo de incurrir en ambivalencia e hipocresía. Quienes opinan así, justifican que las personas trasladen sus puntos de vista con firmeza y sin tapujos. Morant indica que ese nuevo estilo de subir el tono y de hablarle a los demás, en vez de conversar con ellos, es cada vez más habitual. Concluye que esto es lamentable, pues se opaca la esperanza de alcanzar diálogos productivos.

La experiencia del decano no es ajena a lo que vemos todos los días en Guatemala. Cada vez es más usual observar posiciones encontradas y relaciones poco cordiales que, aunadas a la eficacia que brindan las redes sociales y las plataformas digitales, privilegian el derecho de cada quien a verter su criterio y a tildar de cualquier cosa a los demás. Afloran los adjetivos y descalificativos, que buscan abatir a las personas y sus ideas. Ser irreverente y desafiar la autoridad están de moda. Nuestra sociedad es cada vez más permisiva a los malos tratos y se ha acostumbrado a que cualquiera pueda irrespetar a los otros, sin ninguna consecuencia. Se consiente censurar con determinación las actuaciones de los demás, sin que sea necesario ofrecer alternativas o colocarse en sus zapatos. Todo ello conduce a un permanente enfrentamiento, en donde las posiciones se vuelven cada vez más distantes. Haga usted el ejercicio. Solamente piense en un tema álgido y se dará cuenta que el solo llevarlo a la mesa ha generado más de un conflicto y enfriamiento entre familiares y amigos. No moderar el tono y la forma en que se dicen las cosas ha terminado construyendo más de una barrera. Si esto sucede con nuestros seres cercanos, no es necesario decir qué sucede con las personas y organizaciones que no comulgan bien entre sí. El poder aparente que brinda una irrestricta libertad de opinión hace que afloren posiciones extremas, que hacen más difícil alcanzar consensos y vivir en armonía. Como señala Morant, si no se recobra un discurso respetuoso, la libertad de expresión no será más que un hostil enfrentamiento a gritos.

 

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