Jueves 21 DE Febrero DE 2019
Opinión

¿Por qué resignarse a la degradación política?

Una sociedad que olvida el valor de la participación política se acostumbra a mantenerse en una incesante degradación.

— Jorge Mario Rodríguez
Más noticias que te pueden interesar

En los últimos años, distinguidos autores han señalado los preocupantes paralelismos entre esta época y el período previo a la Segunda Guerra Mundial. En particular, el creciente protagonismo de la ultraderecha en Europa y América hace que el retorno del fascismo ya sea algo más que una amenaza.

En este contexto, se ha reflexionado acerca de que las sociedades son muy lentas a la hora de comprender sus errores. El estudioso del Holocausto, Peter Hayes observa, por ejemplo, que aunque el catálogo de la biblioteca del Congreso de los EE. UU. registra más de 16 mil libros sobre el Holocausto, mucha gente todavía se pregunta cómo fue posible que se haya llegado a estos extremos en la civilizada Europa. Hayes piensa que estos hechos pueden explicarse, pero este esfuerzo plantea preguntas molestas acerca de nuestra propia condición. Por no enfrentar las respuestas, perdemos enseñanzas históricas que se han pagado con sangre en todas las partes del mundo.

Al reflexionar sobre Hitler, por ejemplo, muchas personas se preguntan cómo fue posible tanta perversidad organizada. Lo hacen sin detenerse a pensar en lo que acontece bajo sus narices. Así estas personas pueden llegar a justificar las prácticas genocidas del pasado guatemalteco reciente o quizás opinan que los derechos humanos solo sirven para proteger a los delincuentes.

No estamos, entonces, tan lejos de la Alemania de Hitler. De hecho, Juan José Arévalo llegó a pensar que durante siglos nuestro país había vivido un nazismo criollo. Desde luego, no se trata de la maquinaria letal de los nazis, sino de la hiriente negación de la vida en las fincas, que para algunos todavía siendo el modelo de organización
política de este país.

El holandés Rob Riemen ha notado que la “estupidez organizada” es la principal fuerza política de nuestro tiempo. Ahora bien, los bellacos que se hacen del poder no necesitan hacernos partícipes de esa idiotez que los hace querer gobernar cuando no pueden ni dominarse a sí mismos. Solo basta con nuestra indiferencia, con nuestro miedo (tan fácil de inducir en nuestro medio) y la renuencia a dejar nuestras diferencias para plantear un frente común contra la degradación que nos embarga. Poco a poco hemos ido internalizando la propuesta neoliberal de competir entre nosotros en lugar de luchar por las metas comunes.

Así, vivimos una regresión terrible que ya ha costado la vida de varios líderes campesinos y mucha gente no quiere darse por enterada. Parece, sin embargo, que la sociedad guatemalteca está dispuesta a encajar más golpes de la mafia política. Ahora, por ejemplo, la clase política corrupta ensaya un nuevo ataque contra el Procurador de Derechos Humanos, Jordán Rodas, tratando de deshacerse de una persona que se ha enfrentado de manera frontal a sus atolondrados esfuerzos por hacer que el derrumbe continúe.

Una sociedad que olvida el valor de la participación política se acostumbra a mantenerse en una incesante degradación. Una sociedad de este tipo destruye el mismo espacio público en donde se puede hablar y reflexionar sobre lo que se debe hacer como sociedad. En consecuencia, nos vamos convirtiendo en los mejores colaboradores de los futuros desastres.

Detrás de la situación precaria que vivimos está, pues, la irresponsabilidad ciudadana, la cual ha permitido incluso que los sectores reaccionarios recurran de nuevo a la violencia. La democracia siempre es un logro frágil que requiere de esfuerzos inmensos para mantenerla. Por lo tanto, y aunque parezca duro decirlo, el pueblo que no lucha por ella simplemente no la merece.

Etiquetas: