Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Discursos tramposos

Ahora, la manida  intervención extranjera.

— Edgar Gutiérrez
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Hacer descansar el nervio de las transformaciones en curso en el país, sobre el manido recurso de que una conjura internacional nos acecha, es tan falso como perverso. Es más, si la maniquea tesis de la intervención extranjera se lee completa, resulta, por añadidura, que el “pacto de corruptos” (¡horror!) representa la fuerza de la resistencia nacionalista. Es discurso siniestro y retorcido del exsecretario del finado Arzú, Gustavo Porras (Prensa Libre, 25/07/18 p. 7), con el cual arenga cada semana a, entre otros, Jimmy Morales.

La misma narrativa que el finado Arzú blandía después de que en octubre de 2017 la justicia finalmente apuntó hacia los bunkers donde guardaba bienes públicos escamoteados durante tres décadas. En otras palabras, doscientos años después los criollos se preparan para defender, con mucho más que uñas y dientes, los privilegios que afianzaron tras la Independencia de España.

Admito que para los ideólogos del “pacto de corruptos”, la defensa de su sistema no es tarea fácil, porque ese sistema es un fracaso declarado. El club de los privilegiados es insostenible en medio de una ruina tan extendida. La relación causa/efecto está a la vista de propios y extraños: corrupción + captura + cooptación del Estado es igual a pobreza, desigualdad social y negación de oportunidades, que se traduce en desnutrición, desempleo, violencia criminal, ingobernabilidad, crimen organizado, migraciones masivas y degradación humana. Ese sistema agotado es fuente de inseguridad para los guatemaltecos y para el mundo. Por eso tenemos que reformarlo.

Es mucho lo que está en juego como para que los miembros del club abandonen el barco o acepten de buena gana que se requiere un rediseño. Por eso la tarea de sus ideólogos es generar distractores, tejer ropajes, ofrecer el discurso. Los medios y voceros son diversos, pero el repertorio es básico, reducido y, por viejo, conocido.

El discurso de la cada vez más lejana Guerra Fría (“¡ya vienen los comunistas!”) tuvo resonancia cuando se salpicó del debate sobre genocidio y derecho indígena. Pero ya no se sostiene, ni siquiera para mantener las apariencias frente a los oprobios de Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Rosario Murillo. Por otro lado, los sermones moralistas y ultraconservadores, de unas semanas para acá, se convirtieron en hoja de doble filo con la que torpemente se cortaron. En estos dorados tiempos de la comunicación instantánea y la irremediable invasión de la vida privada, el discurso de la moralidad perdió crédito, se quemó. Contribuyeron los propios íconos del “pacto de corruptos” que, sin recato ni vergüenza, se regodean en sus pequeñas réplicas de Sodoma y Gomorra.

Sobrevive el discurso de la intervención extranjera, que se rellena de cuando en cuando con frases despojadas al Himno Nacional, como quien dice, para inflamar el pecho. En ese discurso –condimentado con algo de Guerra Fría y moralismo– van a intentar encuadrar el debate electoral en ciernes. Ya vemos el adelanto.

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