Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
Opinión

La nueva política, la joven política

Adentrarse en la política nunca fue ni será fácil, menos actualmente.

— María Aguilar
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A partir de la crisis política producida por los escándalos de corrupción de 2015 ha emergido una narrativa de múltiples sectores, sobre la esperanza de que nuevas generaciones tomen las riendas de Guatemala. Esto sorprende, no porque sea una idea descabellada sino porque es lo que por generaciones grupos de jóvenes intentaron hacer pagando con su vida ese sueño.

Un problema con la narrativa de participación política es que los hechos del pasado reciente –en el que los jóvenes que participaron y se organizaron fueron recibidos con balas, desapariciones forzadas, asesinatos y torturas– es que alimenta el argumento que se deben encontrar espacios medios y que pedir o soñar con cambios radicales es una tarea inalcanzable. Es decir, las mismas generaciones de jóvenes actuales perpetúan el discurso de los opresores y grupos de poder. Y con eso legitiman el uso de la violencia y criminalización contra quienes cambien de norma y se atrevan a hacer peticiones sustanciales que en realidad logren cambios
estructurales en el país.

Al ser presentados los nuevos y permitidos líderes jóvenes, no se puede evitar notar que ellas y ellos son en su mayoría ladinos y urbanos, y que, aunque hayan logrado o empezado a construir redes a lo interno del país, eso aún no se está reflejado en lo público. Viviendo en el 2018 es problemático y discriminatorio que los rostros políticos u organizativos de un país diverso como Guatemala sigan siendo ladinos. Y aquí hay que recordar que la presencia de uno u dos miembros de cualquier otro pueblo del país no son ni serán suficientes. De no lograrse una representación equitativa, la presencia de mayas, garífunas o xincas en cualquier espacio seguirá siendo simbólica.

Por lo tanto, estos nuevos rostros que abarcan los espacios públicos, diplomáticos o de gobierno, y que buscan espacios en la esfera pública y política deben estar conscientes que ellas/ellos han sobrevivido por sus múltiples privilegios y no aceptarlo no aporta a las nociones de construcción de país e institucionalidad representativa que discursivamente dicen buscar. La necesidad de construir la equidad organizativa no debe ser en aras de mantener un discurso políticamente correcto sino porque Guatemala es un país pobre e indígena y seguir propagando una visión paternalista será el fracaso institucional.

Dicho esto, adentrarse en la política nunca fue ni será fácil, menos actualmente, cuando la política electoral ha sido cooptada por mafias y el crimen organizado, y donde hoy, no existe un solo partido político que se salve de participar en acciones criminales, de corrupción o siga obedientemente líneas caudillistas.

Frente a esto, el reto es ¿cómo construir caminos políticos que permitan la creación de una democracia real?

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