Viernes 20 DE Julio DE 2018
Opinión

El retorno triunfal de Mussolini y Stalin

Una de las equivocaciones en la economía liberal es no apostar por una educación pública que genere seres pensantes.

— Italo Antoniotti
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La ecúmene occidental se celebraba a sí misma por los niveles de civilidad logrados tras el fin de la Guerra Fría, los nacionalismos que subyacieron por la caída del muro de Berlín fueron natural manifestación ante el fin de un megaestado artificial llamado comúnmente Unión Soviética. Después de unos años conflictivos, la socorrida cooperación humana elevada a niveles globales parecía convertirse en la piedra filosofal del mundo.

Asignaturas pendientes como la pobreza, que azota a gran parte de la humanidad en África, Latinoamérica y algunas regiones del sudeste asiático; podían ser superadas con el nuevo sistema internacional. Los tratados de libre comercio, pese a sus extensas regulaciones, fueron la panacea que en un tiempo traería prosperidad al orbe.

Lo perfecto es enemigo de lo bueno, pues en parte, algunas de las proyecciones sucedieron y otras nunca se cumplieron. El surgimiento de la red y con ello un modelo informativo totalmente nuevo, planteó una dimensión desconocida sobre el conocimiento que se volvió accesible para millones; parecía que los viejos fantasmas del siglo XIX y XX habían sido desterrados para siempre.

Es un equívoco recurrente creer que la epidermis de civilidad en el ser humano es más ancha que su real grosor. Esporas con los gérmenes populistas de izquierda y derecha proliferaron ante la atónita mirada de la intelectualidad. En Europa, las oleadas de inmigrantes africanos por la desesperante situación en sus países, causó como reacción los movimientos nacionalistas que ganan elecciones en Italia, aíslan a Inglaterra y apuntalan posiciones en Francia. El nacionalismo emergió con fuerza, conllevando los graves peligros que las hojas del calendario han obnubilado.

Desde el averno, el padre del fascismo dicta cátedra al mandatario más poderoso del planeta, la guerra de aranceles amenaza al mundo y el ciudadano anónimo será el más castigado. El supremacismo racial resucita y se yergue desde la cloaca donde estaba sumergido. Mussolini, mentor intelectual de Hitler y deudor de Errico Malatesta pontifica a través de médiums que pululan en Washington.

Al otro lado del estanque, estalinistas tropicales en Sudamérica complementan el anacrónico espectáculo que en pocos años se puso en escena. “El pueblo tiene sed y quiere Coca Cola” dice un general venezolano cuando decomisaba ese producto a la fábrica. “Aranceles al aluminio canadiense”, “denme el muro y les doy a los niños” espeta Trump.

La miseria humana es inconmensurable, al final, por mucho que nos empeñemos, no somos distintos del famoso vulgo que Tácito tanto despreciaba hace más de 1,900 años. Una de las equivocaciones en la economía liberal es no apostar por una educación pública que genere seres pensantes, capaces de discernir entre opciones que apunten a los instintos primarios y el pensamiento de largo plazo.

Cuando los dirigentes son pillados expoliando al Estado, siempre culpan a los opositores y alimentan la existencia de fantasmas; aquí es el comunismo internacional, en Venezuela la derecha imperialista, en Estados Unidos los “hispanics”. “Fake news”, conspiración de las vacunas, inmigrantes o la planicie de la Tierra; los extremos siempre se tocan y la curvatura del espacio ya nos fue explicada por Einstein.

La corrupción es la linfa transversal que vincula a los más heterogéneos, es el gran unificador globalizante y oro que los ignorantes –cuales inconscientes mineros de trabajos forzados– producen en su condescendencia hacia el statu quo. Son los mismos vicios y común denominador, el cuco solo cambia de nombre.